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Autor: Carlos Ruiz Zafón

(230 pp.) – Ed. Planeta, 2008 (Primera edición en 1993)


En la nota del autor, nos dice: "El Príncipe de la Niebla fue la primera novela que publiqué, y marcó el inicio de mi dedicación completa a este peculiar oficio que es el de escritor." (Vid. Pág. 7).

"(...) En el caso de El Príncipe de la Niebla, a falta de otras referencias, decidí escribir la novela que a mí me hubiese gustado leer con trece o catorce años, pero también una que me siguiera interesando con veintitrés, cuarenta y tres u ochenta y tres ." (Vid. Pág. 8).

"El Príncipe de la Niebla es la primera de una serie de novelas 'juveniles', junto con El Palacio de la Medianoche, Las Luces de Septiembre y Marina, que escribí antes de La Sombra del Viento." (Vid. Pág. 9).



"Habrían de pasar muchos años antes de que Max olvidara el verano en que descubrió, casi por casualidad, la magia. Corría el año 1943 y los vientos de la guerra arrastraban al mundo corriente abajo, sin remedio. A mediados de junio, el día en que Max cumplió los trece años, su padre, relojero e inventor a ratos perdidos, reunió a la familia en el salón que aquel era el último día que pasarían en la que había sido su casa en los últimos diez años. La familia se mudaba a la costa, lejos de la ciudad y de la guerra, a una casa junto a la playa de un pequeño pueblecito a orillas del Atlántico." (Vid. Pág. 11).

Ninguno de los miembros era consciente entonces de cómo cambiaría la vida de toda la familia. Alicia de 15 años, Max con 13 e Irina con 8 años vivirían junto a sus padres en una casa "situada en el extremo norte de una larga playa que se extendía frente al mar como una lámina de arena blanca y luminosa, con pequeña islas de hierbas salvajes que se agitaban al viento. La playa formaba una prolongación del pueblo, constituido por pequeñas casas de madera de no más de dos pisos, en su mayoría pintadas en amables tonos pastel, con su jardín y su cerca blanca pulcramente , reforzando la impresión de ciudad de casas de muñecas que Max había tenido al poco de llegar." (Vid. Pág. 23).

"A la vista de aquellas calles bañadas de luz y tranquilidad, Max pensó que el fantasma de la guerra resultaba lejano e incluso irreal y que, tal vez, su padre había tenido una intuición genial al decidir mudarse a aquel lugar." (Vid. Pp. 24 y 25).


Tras el patio de la casa, emergía un jardín con figuras humanas: un misterioso jardín de estatuas. "Las estatuas parecían formar parte de un mismo conjunto y representaban algo semejante a una 'troupe' circense. A medida que caminaba entre ellas, Max distinguió las figuras de un domador, un faquir con un turbante y nariz aguileña, una mujer contorsionista, un forzudo y toda una galería de personajes escapados de un circo fantasmal." (Vid. Pp. 37 y 38).

Y, una mañana, mientras Max saciaba su curiosidad por inspeccionar el lugar, conoció a Roland. "Durante una par de horas Roland guió a Max arriba y abajo del pequeño pueblo y los alrededores. Contemplaron los acantilados del extremo sur, donde Roland le reveló que se encontraba el mejor lugar para bucear, junto a un viejo barco hundido en 1918 y que ahora se había transformado en una jungla submarina con toda clase de algas extrañas. Roland explicó que, durante una terrible tormenta nocturna, el buque embarrancó en las peligrosas rocas que yacían a escasos metros de la superficie. La furia del temporal y la oscuridad de la noche apenas quebrada por el fragor de los relámpagos hicieron que todos los tripulantes del navío perecieran ahogados en el naufragio. Todos excepto uno. El único superviviente de aquella tragedia fue un ingeniero que, en reconocimiento de la tragedia que quiso salvar su vida, se instaló en el pueblo y construyó un gran faro en lo alto de los escarpados acantilados de la montaña que presidía el escenario de aquella noche. Aquel hombre, ahora ya anciano, seguía siendo el guardián del faro y no era otro que el 'abuelo adoptivo' de Roland. Después del naufragio, una pareja del pueblo llevó al farero al hospital y cuidó de él hasta que se restableció completamente. Algunos años más tarde, ambos fallecieron en un accidente de automóvil y el farero se hizo cargo del pequeño Roland, que apenas contaba un año." (Vid. Pp. 52 y 53).


La pluma del autor es tan sumamente sutil en sus trazos que deja descripciones llenas de belleza que no puedo evitar compartir aquí. Asistimos al discurrir de la vida cotidiana: "Las voces de la familia en el piso inferior y el correteo de Irina escaleras arriba y abajo lo despertaron. Ya había anochecido pero Max pudo ver cómo la tormenta había pasado dejando a sus espaldas una alfombra de estrellas en el cielo. Echó un vistazo a su reloj y comprobó que había dormido cerca de seis horas." (Vid. Pág. 57).

El padre de Max encontró un viejo reproductor y un montón de cintas de vídeo de los antiguos dueños de la casa: los Fleischmann. En el visitando de las mismas, en una de ellas, descubrieron con estupor que la cámara se detuvo en cada una de las estatuas.


El misterio y la intriga van 'in crescendo'. Roland, Alicia y Max deciden ir juntos a bucear, quieren llegar hasta el barco hundido que descansaba en las profundidades a unos veinticinco o treinta metros de la orilla. Roland les contó entonces la historia del Orpheus en el que embarcó su abuelo en junio de 1918 y que no era un barco de pasajeros, sino un carguero de mala fama.

Víctor Kray, el abuelo de Roland, contemplaba durante los días y las noches el viejo casco del Orpheus bajo las aguas y pensaba en su vida y en el angustioso secreto que cargaba a sus espaldas. Los fantasmas de su mente regresaban del letargo y la espera angustiosa cobraba más y más fuerza. Nunca le había contado a Roland la verdad y se le helaba la sangre cada vez que lo veía zambullirse en las aguas de la bahía. Una mañana, el joven le dijo que creía que pasaba algo extraño con las estatuas del jardín y fue entonces cuando, tras pensarlo, les contó lo siguiente: "Hace muchísimo tiempo, cuando yo tenía vuestra edad, la vida cruzó mi destino con uno de los mayores tramposos que han pisado este mundo. Nunca llegué a conocer su verdadero nombre. En el barrio pobre donde yo vivía, todos los chicos de la calle lo conocían como Caín. otros lo llamaban el Príncipe de la Niebla, porque, según las habladurías, siempre emergía de una densa niebla que cubría los callejones y, antes del alba, desaparecía de nuevo en la tiniebla.

Caín era un hombre joven y bien parecido cuyo origen nadie sabía explicar. Todas las noches, en alguno de los callejones del barrio, Caín reunía a los muchachos harapientos y cubiertos por la mugre y el hollín de las fábricas y les proponía un pacto. Cada uno podía formular un deseo y él lo haría realidad. A cambio, Caín sólo pedía una cosa: lealtad absoluta. Una noche, Angus, mi mejor amigo, me llevó a una de las reuniones de Caín con los chicos del barrio.

(...) Cuando todos hubieron terminado. Caín dirigió su mirada de hielo al rincón donde estábamos mi amigo Angus y yo. Nos preguntó si nosotros no teníamos nada que pedir. Yo me quedé clavado, pero Angus, ante mi sorpresa habló." (Vid. Pp. 114 y 115). Angus no cumplió lo que el Príncipe de la Niebla le pedía a cambio de su deseo y murió. Desde entonces, supo Víctor Kray que aquello no era más que el principio. Su siente encuentro con Caín tuvo lugar la noche en que su padre los llevó a todos a una feria de atracciones para celebrar que lo habían ascendido. Fue escalofriante y Víctor tomó la determinación de alejar a aquel ser fantasmagórico de su vida, profundizó en sus estudios y en la universidad conoció a Richard Fleishmann, quien años más tarde construiría la casa d ela playa en la que ahora vivían Max y su familia. Pero, quiso el destino que ambos se enamorasen de la misma mujer, Eva Gray, hija del más insoportable y tirano catedrático de Química del Campus. Y fue Richard quien se casó con ella, alejándose los dos amigos por veinticinco años.

"-Un día lluvioso de invierno, un hombre envuelto en una gabardina me siguió desde el despacho hasta mi casa. Desde la ventana del comedor, pude ver que el extraño continuaba abajo, vigilándome. Dudñe unos segundos y salí a la calle, dispuesto a desenmascarar al misterioso espía. Era Richard Fleischmann, tiritando de frío y con el rostro ajado por los años. Sus ojos eran los de un hombre que hubiera vivido perseguido toda su vida. Me pregunté cuántos meses hacía que mi antiguo amigo no dormía. Hice que subiese a casa y le ofrecí un café caliente. Sin atreverse a mirarme a la cara, me preguntó por aquella noche enterrada los atrás en la barraca del doctor Caín.

Sin ánimos para cortesías, le pregunté qué era lo que Caín le había pedido a cambio de hacer realidad su deseo. Fleischmann, con el rostro embargado de miedo y vergüenza, se arrodilló frente a mí, suplicando mi ayuda entre lágrimas. No hice caso de sus lamentos y le exigí que me contestase. ¿Qué había prometido al doctor Caín en pago a sus servicios?

'Mi primer hijo -me contestó-. Le prometí mi primer hijo." (Vid. Pp.130 y 131).


Por aquel entonces, Caín vivía en un circo. Víctor les siguió el rastro y descubrió que eran todos una banda de embaucadores que, decidieron abandonar el país a bordo del Orpheus creyendo así escapar de la justicia. Al ser conocedores del naufragio, todo apuntaba al descanso por fin tanto de Richard como de Víctor, pero este último sabía que no sería así.

Richard y Eva tuvieron por fin a su esperado y tan ansiado hijo, pero el pequeño Jacob murió ahogado.


Hasta aquí, todo apuntaba a que la venganza y el cobro de Caín, se habían llevado la vida del pequeño. Más, en su intento por conocer la verdad, Max fue hasta el cementerio donde debía descansar Jacob y descubrió que no estaba allí. Ató hilos y supo que Roland era Jacob y tomó entonces plena conciencia de que Víctor no podría protegerlo más, en lo profundo del Atlántico, en las entrañas del Orpheus, Caín todavía lo aguardaba.

.........

Y aquí me detengo para dejarte libre, para que tú mismo te adentres en el misterio y lo que para mí, fueron páginas de desasosiego galopante. Para que te quedes casi sin oxígeno como Alicia y Víctor atrapados por el mal y su insaciable deseo de venganza en lo más profundo.

Y para que... descubras un final que no esperabas.

.........

Hoy por hoy, tras escribir estas líneas y volver a releer páginas de este libro, el deseo de seguir disfrutando de las novelas de Carlos Ruiz Zafón se aviva en mí tomando la fuerza para adentrarme en su fantasía y en la forma tan maravillosa de contar historias, es un regalo para el lector que hace que nunca las olvides. Se quedan en ti para siempre.











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