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El despertar de la señorita Prim


Autora: Natalia Sanmartín Fenollera

(345 pp) – Ed. Planeta, 2021

(Primera edición 2013)

Con la última página de este libro he sentido una sensación de calma, de confianza en que lo bueno siempre llega y en que todo es posible; aunque para ello... en ocasiones haya que esperar.

A lo largo de su lectura, me he sorprendido en innumerables ocasiones con una sonrisa en los labios, feliz en un lugar diferente que ha hecho que ya quiera ser una habitante más de San Ireneo de Arnois.

Prudencia Prim acepta el puesto de bibliotecaria y su llegada supone todo un acontecimiento. "A los ojos de los visitantes, San Ireneo de Arnois parecía un lugar anclado en el pasado. Rodeadas de jardines repletos de rosas, las antiguas casas de piedra se alzaban orgullosas en torno a un puñado de calles que desembocaban en una bulliciosa plaza. Allí reinaban pequeños establecimientos y comercios que compraban y vendían con el ritmo regular de un corazón sano. Los alrededores del pueblo estaban salpicados de minúsculas granjas y talleres que aprovisionaban de bienes las tiendas del lugar. Era una sociedad reducida. En la villa residía un laborioso grupo de agricultores, artesanos, comerciantes y profesionales, un recogido y selecto círculo de académicos y la sobria comunidad monacal de San Ireneo. Aquellas vidas entrelazadas formaban todo un universo. Eran los engranajes de una comunidad de pequeños propietarios que se enorgullecía de autoabastecerse a través del comercio, la producción artesanal de bienes y servicios y el encanto de la cortesía vecinal. Probablemente tenían razón los que decían que parecía un lugar anclado en el pasado. Y sin embargo, apenas unos años atrás, nadie hubiese vislumbrado allí ni un ligero atisbo del vivo y alegre mercado que ahora recibía a los visitantes.

¿Qué había ocurrido en aquel intervalo? Si la señorita Prim de camino a su nuevo empleo hubiese preguntado a la dueña de la papelería, ésta le habría explicado que aquel misterio de prosperidad era fruto de la tenacidad de un hombre joven y de la sabiduría de un viejo monje. Pero, como la señorita Prim, en su apresurado paseo rumbo a casa, no reparó en el hermoso establecimiento, su dueña no pudo revelarle con orgullo que San Ireneo de Arnois era, en realidad, una floreciente colonia de exiliados del mundo moderno en busca de una vida sencilla y rural." (Vid. pp. 14 y 15).


¡Qué maravilla! Pensé cuando leí estas líneas, ahí quiero vivir yo, me dije. Y a mi mente llegaron muchos lugares en los que he estado que bien podrían compartir y vivir esta filosofía. Sin más... recuerdo ahora un café tranquilo en una bonita cafetería pastelería de Puebla de Sanabria. Tras un paseo por sus preciosas calles llenas de encanto, tranquilos y al calor del local, vimos entrar a un grupo de mujeres. Llegaban con sus bolsas de labores y charlaban animadamente de la clase que había finalizado, hablaban del nuevo jersey, del bordado exquisito del mantel, de la puntilla de las toallas... saludaban con la cercanía que es posible en un sitio en el que todos se conocen, todos participan de las alegrías y las penas de los vecinos como si propias fuesen. Y... por unos instantes, soñé vivir allí.


Volviendo a San Ireneo y a nuestra protagonista... Prudencia, la señorita Prim, respondió con entusiasmo al anuncio del periódico: "Se busca espíritu femenino en absoluto subyugado por el mundo. Capaz de ejercer de bibliotecaria para un caballero y sus libros. Con facilidad para convivir con perros y niños. Mejor sin experiencia laboral. Abstenerse tituladas superiores y postgraduadas." (Vid. pp.20 y 21).

Con un curriculum muy extenso y gran preparación, Prudencia llegó a la casa en la que desempeñaría su trabajo. "Nada más entrar en la que habría de ser su dormitorio durante los próximos meses, la bibliotecaria se sentó en la cama y contempló los ventanales abiertos sobre la terraza. No había muchos muebles, pero los que había eran aquello que exactamente debían ser. Una otomana tapizada en viejo damasco azul, un enorme espejo veneciano, una chimenea georgiana de hierro, un armario pintado de aguamarina y dos antiguas alfombras de Wilton." (Vid. pág. 32). ¡Cuánto me he recreado en las ambientaciones y cuánto me han hecho disfrutar los cuidadosos encajes que perfilan a cada personaje!

En aquella casa vivían el hombre del sillón (del que no conoceremos su nombre en todo el libro) y sus sobrinos. Aquello la alteró en un primer momento, ¿cómo era posible que aquellos pequeños estuviesen sin escolarizar y al cuidado de aquel hombre? Él "la recibió de pie con las manos detrás de la espalda. Mientras la bibliotecaria deshacía su equipaje, se había dedicado a ensayar la mejor forma de explicarle cuáles iban a ser sus atribuciones. No era una tarea fácil, porque lo que él necesitaba no era una bibliotecaria al uso. Tras la marcha del anterior encargado, su biblioteca precisaba de una recatalogación y organización completas." (Pág. 37).

Le explicó que cuatro de los niños que había visto eran sus sobrios y estaban bajo su tutela desde que su hermana había fallecido, los demás eran niños de San Ireneo que acudían dos o tres veces por semana para recibir sus clases. Ante el desconcierto de ella, el hombre del sillón le aclaró que su opinión sobre la enseñanza reglada era muy particular y que si ella se decidía a quedarse, vería que los educaba personalmente pues estaba dispuesto a darles la mejor formación posible. Preocupado por su cultura, los niños leían a los clásicos y sabían de memoria fragmentos de sus obras, dominaban varios idiomas y crecían entre libros.


Transcurrían los días y Prudencia se sentía cada vez más parte de aquel lugar. Poco a poco fue conociendo a todos y cada uno de sus habitantes. Cuando vio a Hortensia Oeillet le sorprendió su manera de pensar acerca del matrimonio y otras cuestiones. Fue de ella de quien recibió la invitación para la reunión de La Liga Feminista de San Ireneo lo supuso un acto social de gran transcendencia. Allí, Prudencia se dio cuenta de cómo habían ido cambiando las vidas de todas y cada una de aquellas mujeres pues todas, sin excepción, habían cambiado de dedicación, de profesión.

"Así descubrió que numerosas familias de San Ireneo invertían todo su tiempo y formación, en algunos casos una exquisita y especialísima formación, en dirigir personalmente la educación de sus hijos y en dar clases a los de los demás, actividad que contaba con un enorme prestigio social. Muchas de aquellas mujeres eran propietarias de sus propios negocios, pequeños establecimientos que casi siempre se ubicaban en el piso inferior de las casas para no perturbar en exceso el ritmo de la vida familiar. Los horarios no parecían ser un problema. Todo el mundo compartía la idea de que las mujeres, incluso en mayor medida que los hombres, debían tener la posibilidad de organizar libremente su tiempo. " (Vid. pág. 77).

La reunión tocaba a su fin y fue entonces cuando, en el último punto del orden del día, se anunció la necesidad de buscarle marido a la señorita Prim. Ésta, azorada, tomó su bolso y a pesar de las disculpas e intentos por convencerla de que se quedase, abandonó el lugar y se fue hasta la cada de Horacio ("el único habitante masculino, fuera de su propio jefe que conocía en el pueblo"), necesitaba una amena conversación y consuelo. Había llegado a un punto en el que numerosas preguntas se vislumbraban en el horizonte y sentía que algo la hacía verse fuera de todo aquello, fuera de San Ireneo. "Había muchos, demasiados interrogantes pendientes de resolver; el primero de ellos, su propio jefe. ¿Quién era? ¿A qué se dedicaba? ¿Por qué iba siempre a la abadía de madrugada? ¿Por qué buceaba entre viejos libros durante días enteros sin reparar siquiera en que había llegado la hora del almuerzo o la cena? ¿Era un eremita urbano?" (Vid. pág. 85).

De sus conversaciones con Horacio Delas aprendió que aquel lugar era diferente, todo se movía a un ritmo distinto y todo era fruto de un privilegio. Vivir de una manera así, sólo era posible en una comunidad como aquella, lejos de las desmesuradas urbes, las prisas y las complicaciones.


Una tarde, el hombre del sillón y Prudencia mantienen una conversación mientras ella se afana por colocar y clasificar unos volúmenes. Él le dice que han pasado ya varios meses desde su llegada y apenas sabe nada de su vida. Será una charla que ya nos dará a conocer la gran diferencia entre ambos, la forma diferente de ver la vida y todo lo que podrán descubrir el uno al otro.

Llega entonces a la casa la madre del hombre del sillón y es a través de ella que la señorita Prim irá conociendo, o al menos comprendiendo en pequeñas dosis, la forma un tanto extraña y peculiar de ser de su hijo. Se suceden las reuniones y nuevamente sale a la luz el tema del matrimonio. Conocemos las historias de algunas de la mujeres y también la sabiduría de Lulú, la más anciana.

Prudencia siente que él nunca la querrá y que su corazón suspira de amor. Ella busca la belleza y la dulzura, él la razón y la lógica. quizá dos almas opuestas, quizá dos almas en busca del momento, del encuentro.

Aunque no quiere irse, toma finalmente la decisión de partir hacia Italia. Es Lulú quien le aconseja que, una vez allí, visite Norcia (la cuna de Benito) y que baje a la cripta del monasterio de San Benedetto. Tras su despedida del hombre del sillón, no pudo volver la vista atrás, le entristecía dejar el lugar, pero la decidió estaba tomada. Pero... aún le quedaba tiempo y fue que, a su paso por la abadía, le pidió al cochero que aguardase unos instantes, quería ver al anciano monje. Él la había estado aguardando desde mucho tiempo atrás...

Llevaba ya dieciséis semanas en Norcia, su vida había cambiado, necesitaba aire y disfrutaba enormemente con la poesía, había bajado varias veces a la cripta y se carteaba amistosamente con varios habitantes de San Ireneo. Y... un buen día, en el correo, un anuncio hablaba de una vacante a cubrir como profesora. No lo pensó y, dispuesta y feliz, regresó al lugar en el que había vivido y soñado. Por fin, había encontrado lo que buscaba, ya sabía dónde quería estar.


............................


Cuando cerré la última de las páginas, sentí que necesitaba más y busqué en Google SAN IRENEO. Encontré así una publicación de un blog que me entusiasmó pues comparte el mismo enfoque que yo siento tras la lectura. Os dejo el enlace por si queréis leerla, merece la pena: http://caminante-wanderer.blogspot.com/2016/11/san-ireneo-de-arnois.html

Además, leí con atención la entrevista a la autora de manos del periódico LA VOZ DE GALICIA en su edición digital: "El pueblo de mi novela es Arnois en un guiño hacia A Estrada".(https://www.lavozdegalicia.es/noticia/deza/2013/05/08/pueblo-novela-arnois-guino-estrada/0003_201305D8C4993.htm ). Me quedé sin palabras, cerca de mí estaría el lugar que inspiró al idílico San Ireneo.

De dicha entrevista, me permito citar textualmente lo siguiente:

"-Yo quería escribir una historia sobre el valor de las cosas pequeñas, sencillas, sobre la idea de que hemos llegado a un momento en que nos hemos instalado en un estilo de vida que muchas personas, muy diferentes, tenemos la sensación de que hay algo que no funciona. En general, cuando eso ocurre tendemos a hacer tabla rasa y a decir ?hay que buscar una solución nueva?. Y yo quería contar otro punto de vista, hablar de que quizá muchas veces las soluciones no están delante, sino a lo mejor están detrás. Hay que pararse un poco, reflexionar y mirar hacia atrás, hacer este ejercicio en este camino hacia al progreso, que nos ha traído cosas muy buenas y que hay que valorar mucho, quería reflexionar sobre la idea de que hemos perdido también muchas cosas. Sobre todo el tiempo para poder pensar y para poder llevar una vida a una escala más humana, menos vertiginosa."

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"-Creé dos personajes un poco antitéticos: la señorita Prim, que representa el mundo moderno, una mujer académicamente muy preparada, con las ideas muy claras, cierta rigidez, y que llega a un pueblecito a trabajar con un hombre que es lo contrario a ella, que ama la tradición, que valora mucho la razón frente a ella, que es muy pasional. Este pueblo es una colonia de resistentes frente a la modernidad, y ese choque la va cambiando."

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"-Ahí hay un guiño a lo estradense, porque aparte de haber nacido en A Estrada, mis abuelos maternos tenían una casa en Arnois, que además es una palabra que suena francesa, y cumple lo que buscaba de situarlo un poco en el centro de Europa, de hecho en la novela parece que está en el norte de Francia. Porque el pueblo representa la tradición europea, con buenos vecinos, familias sólidas, cortesía, con artesanos, profesionales, podría ubicarse en cualquier lugar de Europa."

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"-Tengo una vinculación sentimental muy fuerte, siempre dejo muy claro que nací en A Estrada. Me fui cuando tenía 17 años para A Coruña, por razones de trabajo de mi padre, y allí están mis padres y hermanos. Vivo en Madrid, y cuando voy a Galicia, al menos una vez al mes, voy a A Coruña, y alguna vez a A Estrada, donde tengo familia cercana, y en ese sentido sigo unida."






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