EL VERANO EN QUE ME ENAMORÉ
- bajoinfinitasestrellas

- 20 ago
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Autora: Jenny Han
Título original: The Summer I Turned Pretty. Traducción de Marta Becerril Alborna
(267 pp.) – Editorial Planeta, 2023 (primera edición 2009)
He de decir que comencé este libro tres veces y fue a la cuarta, cuando lo leí sin parar hasta llegar a su final. Las razones fueron varias: estaba en un viaje, se lo dejé a otra persona, lo coloqué en una estantería y... finalmente, me rendí a que el mes de agosto lo bañase con su sol y a mí me acariciase su historia.
En líneas generales, me ha gustado porque ha removido sentimientos, me ha llenado de la frescura de un amor de verano, de la playa y la arena, de las noches que parecen ser más largas y, aunque hay dolor en sus páginas, poco a poco lo fui aceptando como parte de la vida, incluso de la mía propia.

"Habíamos ido a la casa de la playa de Susannah en Cousins Beach cada verano desde que era un bebé, incluso antes de que yo naciera. Para mí, Cousins no era tanto la ciudad como la casa. La casa era mi mundo. Teníamos nuestro propio tramo de playa para nosotros solos. La casa de verano estaba compuesta de muchos elementos distintos: el porche circular por el que solíamos correr, jarras de té helado, la piscina por la noche y los muchachos, los muchachos por encima de todo.
Siempre me pregunté qué aspecto tendrían los chicos en diciembre. Intentaba imaginarlos con bufandas moradas y jerséis de cuello alto, de pie con las mejillas rosadas frente a un árbol de Navidad. Pero la imagen siempre parecía falsa. No conocía al Jeremiah y al Conrad invernales, y estaba celosa de todos los que lo hacían. Yo tenía chanclas, narices quemadas por el sol, bañadores y arena. Pero ¿qué pasaba con las chicas de Nueva Inglaterra que podían hacer guerras de nieve en el bosque con ellos? Las que se arrimaban mientras esperaban a que se calentase el coche, a las que prestaban sus abrigos cuando hacía frío fuera. Bueno, quizá Jeremiah sí. Conrad, no. Conrad nunca lo haría, no era su estilo. De todos modos, no me parecía justo.
Me sentaba junto al radiador en clase de Historia preguntándome qué estarían haciendo, si también se estarían calentando los pies junto a una estufa en algún lugar. Contando los días hasta la llegada del verano. Para mí, era casi como si el invierno no valiese. El verano era lo que importaba. Mi vida entera se medía en veranos. Como si no empezase a vivir de verdad hasta el mes de junio, en esa playa, en esa casa.
Conrad era un año y medio mayor que Jeremiah...
(...) Jeremiah, en cambio, era mi amigo. Era bueno conmigo. El tipo de chico que todavía abrazaba a su madre, aún le daba la mano a pesar de que técnicamente era demasiado mayor para hacerlo". (El verano en que me enamoré, páginas 10 y 11).
Como cada verano, Belly, su hermano Steven y su madre Laurel viajaban para pasar el estío en casa de Susannah (la mejor amiga de Laurel) y sus hijos: Conrad y Jeremiah. Así había sido desde siempre...
Belly, deseaba ser adulta, pero todavía no lo era. Todavía la veían como una niña y ella, ya estaba enamorada. Desde los diez, su corazón era para Conrad.
Pero aquel verano ocurrieron muchas cosas, quizá demasiadas. Se enamoró de Cam, o tal vez eso creyó.
"Permanecí junto al fuego, fingiendo calentarme las manos, aunque no tenía frío. Entonces le vi. También estaba solo y bebía de una botella de agua. Tampoco parecía conocer a nadie, ya que estaba ahí parado, sin nadie alrededor. Parecía de mi edad. Pero tenía algo que le daba un aire de seguridad y comodidad, como si fuese más joven que yo, aunque no lo era. Tuve que echarle unos cuantos vistazos de reojo para descubrir de qué se trataba. ¡Ajá!
Eran las pestañas. Las tenía tan largas que prácticamente le acariciaban los pómulos. Claro que tenía unos pómulos altos, pero daba igual. Tenía la mandíbula algo protuberante, y su piel era suave y clara, del color de los copos de coco tostados que se ponen en el helado. Su piel era perfecta. A mi modo de ver, todo en él era perfecto.
Era alto, más que Steven y que Jeremiah, quizá incluso..." (Ibid., página 109)
"Esa noche dormí con la sudadera e Cam puesta, Pue una estupidez y una ñoñería, pero no me importaba. Y al día siguiente me la puse para salir a la calle, aunque hacia un calor de espanto. Me gustaba que tuviera las mangas deshilachadas porque se notaba que la habían usado a menudo. Se notaba que era de un chico.
Cam fue el primer chico que me había prestado atención de esa manera, el primero en mostrar abiertamente que quería pasar tiempo conmigo. Y al que no le avergonzaba.
Al despertar me di cuenta de que le había dado el teléfono de la casa. No sabía por qué. Podría haberle dado mi móvil sin problemas.
Estaba pendiente de que sonara el teléfono, aunque nunca llamaban a la casa de verano. La única que lo hacía era Susannah, intentando decidir qué tipo de pescado queríamos para cenar, o mi madre, que llamaba a Steven para que metiera las toallas en la secadora o para que encendiera la parrilla". (Ibid., página 124).
Todos vivieron el dolor de un cáncer que volvió a Susannah, el desgarro del miedo, la espada que corta todo, incluso la esperanza... Y en todas esas emociones, en todos esos sentimientos... el valor de la amistad, de esa verdadera amistad que construyen los años y que va creciendo cuando compartes de la mano, cuando vives lo mismo, cuando hay ya miles y miles de recuerdos...
... Y fue entonces que Belly desnudó su corazón ante Conrad, mas no recibió lo que ella esperaba.
"Pronto iba a ser demasiado tarde. Nos marcharíamos y nunca se lo habría dicho. Jeremiah había puesto las cartas sobre la mesa. Ahora era mi turno. No podía pasar otro año sin habérselo contado. Había temido tanto los cambios, con miedo de que algo volcase nuestro pequeño velero veraniego; pero Jeremiah ya lo había hecho, y habíamos sobrevivido. Seguíamos siendo Belly y Jeremiah.
Tenía que hacerlo, porque de lo contrario, me mataría.
No podía continuar suspirando por alguien que podía o no sentir lo mismo que yo. Tenía que saberlo de una vez.
Ahora o nunca.
No me oyó acercarme por la espaldas estaba agachado aflojándose los cordones de las zapatillas.
-Conrad. —No me escuchó, así que lo repetí otra vez, en voz más alta—. Conrad.
Levantó la vista, sobresaltado. Después se irguió.
-Hola.
Pillarle desprevenido era una buena señal. Tenía un millón de muros. Quizá si empezaba a hablar no tendría tiempo de erigir uno nuevo.
Me mordí los labios y comencé a hablar. Dije las primeras palabras que se me ocurrieron, las que habían estado en mi corazón desde el principio. Dije:
—Te he querido desde los diez años.
Pestañeó.
—Eres el único chico en el que pienso. Toda mi vida has sido tú. Me enseñaste a bailar, viniste a buscarme la vez que nadé demasiado lejos. ¿Te acuerdas de eso? Te quedaste conmigo y me arrastraste hasta la orilla, y todo el tiempo no parabas de repetir « La casi estamos». Y yo te creí. Porque eras tú el que lo decía y creía en todo lo que tú decías. Comparados contigo, todos los demás son pavos, incluso Cam. Y sabes cómo detesto el pavo. Lo sabes todo sobre mí, incluso esto, que te quiero de verdad.
Esperé de pie delante de él. Estaba sin aliento. Sentía que mi corazón iba a explotar de lo lleno que estaba. Me recogí el pelo en una cola con la mano y lo sostuve así, esperando que dijese alguna cosa, cualquier cosa.
Tardó un millar de años en responder.
—Pues no deberías. No soy el adecuado. Lo siento.
Y eso fue todo lo que dijo. Solté una gran bocanada de aire y le miré fijamente". (Ibid., páginas 233 y 234).
... Hubo de ser el invierno y todo lo que aquel verano atrapó, quien por fin los unió.

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