La pequeña librería de los secretos
- bajoinfinitasestrellas

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Autora: Jenny Colgan
Título original: The Christmas Bookshop
(379 pp.) – Newton Compton Editores, 2025 (Primera edición en inglés, 2021)
Amable lectura que me ha dejado abrigado el corazón con la fuerte convicción de que siempre hay esperanza, siempre una nueva oportunidad y siempre es real el triunfo del amor.
A Carmen no le van nada bien las cosas. Cierra el negocio en los grandes almacenes en el que trabaja y se ve en la calle. Su madre y su hermana la convencen para que se vaya a Edimburgo y se instale en la casa de esta última que ha encontrado un trabajo para ella en una antigua librería al borde de la quiebra.
La tensión entre ambas es evidente a lo largo de toda la novela. Son el día y la noche. Sofia es una mujer exitosa, madre de tres niños y un cuarto que en breve nacerá. Su casa, su despacho, su vida en general, son perfectos. A Carmen le sobran "fracasos", nunca le han gustado los niños, no ha terminado sus estudios y el desorden que la rodea la hace tambalearse en cada decisión.
Ahora, un nuevo reto se dibujaba ante ella: salvar una librería llena de secretos. Conocerá a su dueño y su enigmático pasado, sus sobrinos la querrán y ella descubrirá su cariño por los pequeños y además... Oke será su gran amor. Una de esas relaciones con idas y venidas que no parecen llegar a ser, pero que son desde el inicio.

"Carmen medía sus días en libros. Guardaba siempre un libro de bolsillo debajo del mostrador para aprovechar los ratos de tranquilidad, es decir, cuando ya había recolocado los escaparates, limpiado el polvo y ordenado y comprobado que los artículos estuvieran en perfectas condiciones. Cuando empezó a trabajar en Dounston's, era raro el día que los grandes almacenes no estuviesen a rebosar, así que solo leía mientras iba sentada en el autobús o durante el descanso para comer. Sin embargo, ahora podía acabarse un libro en tan solo tres días y cada vez le resultaba más fácil encontrar tiempo para leer. Algo muy pero que muy preocupante.
-A mí sí que no me traga -intervino Carmen, volviendo al tema de la señora Marsh, mientras miraba la rotación de la semana siguiente.
Tenía la peor combinación de turnos posible: un día de mañana, otro de tarde y, al siguiente, el día completo. Aun así, no trabajaba todas las horas que necesitaba para poder llegar a fin de mes y no verse entre la espada y la pared. Además, no podía permitirse salir a divertirse y no le quedaba otra que llevarse Las sobras que le dejaba su madre los domingos por la noche.
-Encima va y me dice que parezco una vagabunda -dijo Idra.
-¿Cómo ibas vestida?
-Solo me vio lo que llevaba debajo de la chaqueta durante...no sé, ¿diez segundos?
Carmen se echó a reír y luego se quedó en silencio cuando la persona de la que estaban hablando apareció como por arte de magia por la puerta". (La pequeña librería de los secretos, página 14).
Adoré desde el primer instante la vida en Edimburgo, la descripción de sus calles, sus casas, la librería...
"Victoria Street estaba llena de pequeños comercios; cada uno de ellos pintados de diferentes colores alegres: rosa, verde, azul. Había una ferretería; un restaurante de comida francesa; una tienda de magia con una amplia selección de hierbas y palos de escoba; tiendas especializadas en la caza, la pesca y en los tejidos escoceses; restaurantes pequeños y cursis; y... una librería.
El local estaba pintado de color verde y en el escaparate había unas ranas en bicicleta que llevaban libros envueltos en un papel de regalo de Navidad. Era una estampa adorable y perfecta, y, por un segundo, Carmen sintió un ligero cosquilleo de emoción en el cuerpo.
Pero entonces se dio cuenta de que se había equivocado de número: lo que tenía delante era una librería y una tienda de antigüedades, que no era para nada el lugar que estaba buscando. No tardó en descubrir que la librería en la que iba a trabajar estaba dos puertas más abajo.
La librería del señor McCredie también era verde, pero, en este caso, de un color más apagado. Y... no parecía una tienda en absoluto. El escaparate estaba lleno de polvo y repleto de mapas, carpetas y libros de consulta. Además, la decoración no era atractiva y divertida como la de la otra librería. En su lugar, los libros estaban apilados al azar contra el cristal, por lo que era imposible saber cuáles eran.
Nadie hubiese dicho que esa librería era una tienda. De hecho, parecía más bien un edificio de dos pisos con riesgo de incendio. Carmen volvió a comprobar la dirección que tenía en el móvil. Sí. Sin duda ese era el lugar en el que tenía que entrar. Pero ¿qué demonios pintaba ella allí? ¿Quién traspasaría por voluntad propia por esa puerta? Era imposible que alguien sintiese ganas de comprar un libro en un sitio así". (Ibid., página 54).
El misterio en torno a la librería y su dueño, se mantiene hasta el final de la novela. Lo que daría por estar unos instantes en ese lugar escondido y alejado de todo. Con una buena taza de té, el fuego calentándome y alejando el frío de la nieve y... un libro en las manos.
"Carmen fue dando pasos en silencio e inclinó la cabeza. No sonaba como si fueran... ratones; igual eran... ¿gatos maullando? Se quedó inmóvil. Y entonces se dio cuenta. Era una persona.
Frunció el ceño. Podría ser.., bueno, el señor McCredie, tal y como había comprobado esta mañana, dejaba la puerta abierta por la noche, así que podría ser cualquiera. Tal vez era él. O un sintecho o alguien herido... o un ladrón. Bueno, era imposible que fuese un ladrón. El dinero de la caja registradora seguía allí, intacto.
Carmen se sacó el teléfono del bolsillo con cautela, por si acaso tenía que llamar a la policía. Luego dio un paso hacia delante, atravesó la entrada de la parte trasera de la librería y entró en el almacén prohibido. No lograba dar con ningún interruptor para encender la luz; fue palpando la pared, pero no hubo suerte.
Qué cosa más extraña. Seguía avanzando a tientas: el espacio en el que se encontraba parecía hacerse cada vez más largo y cada vez más estrecho. Sin embargo, se percató de que cada vez había menos libros, que había alguna que otra maceta por aquí y por allá, y que la escasa luz que había se empezaba a desvanecer para dar paso a la oscuridad. De repente, dio otro paso y notó que el suelo era más inestable de lo normal. «¿Qué es esto? ¿Un tablón suelto?», pensó, agachándose para tocarlo con las manos. Pero en lugar de sentir un material duro y liso como el del suelo de la librería, tocó algo extremadamente suave y delicado, como si estuviera hecho de una madera vieja y fina. «¿Qué narices es esto?», se preguntó a la vez que daba uno o dos pasos más.
En ese preciso instante, detectó una luz justo enfrente de ella, pero no era una lámpara fluorescente que colgaba del supuesto almacén, sino un resplandor tenue a lo lejos. Un momento después, descubrió que se encontraba en medio de una sala de estar, en la que había alfombras en el suelo y papel pintado en las paredes.
Miró hacia atrás por encima del hombro y allí, entre las oscuras pilas de libros, todavía se veía la puerta abierta de la entrada de la librería y la concurrida calle al fondo.
Carmen observó lo que tenía alrededor y pensó que nunca había estado en un lugar tan agradable como ese. Era un espacio cálido y limpio, con una alfombra en el suelo, dos sillitas, una mesa, un aparador, una repisa encima de una chimenea y un retrato de un anciano con barba gris. En una esquina había una puerta, y Carmen enseguida llegó a la conclusión de que ese debía de ser el dormitorio del señor McCredie. También había una pared con una estantería llena de libros. Y allí, en el sillón que estaba más cerca del fuego, estaba el señor McCredie, sollozando tan suave como le era posible.
-Ay, madre. ¡Señor McCredie! ¿Está usted bien?
El hombre levantó la vista y los ojos azules se le humedecieron aún más. Las lágrimas le empezaron a caer por las mejillas, mojándole la nariz a su paso. Al final, sin dejar de gimotear, optó por cubrirse la cara con las manos.
-¡Señor McCredie! ¡Señor McCredie! -exclamó Carmen, preocupada-. ¡Ay, no! ¡No! ¿Qué le pasa? ¿Se encuentra bien? Hábleme.
Pero el hombre siguió sollozando, como si se le estuviese a punto de romper el corazón.
Carmen vio que había una tetera al fuego, así que le sirvió una taza de té recién hecho y se la tendió. Al final, el señor McCredie se enderezó.
-Lo... lo siento mucho. Me he comportado como un auténtico necio.
-¿A qué se refiere?
-He descuidado la librería... He terminado desperdiciando mi vida, decepcionando a mi familia... -dijo él a la vez que... (Ibid., páginas 72 y 73)
Creo que no hay época más bonita que la Navidad para esta librería tan especial. El trenecito eléctrico de su escaparate, los cuentacuentos y hasta la firma de libros por parte de un afamado autor de bestseller (Blair Pfenning) que vendrá a desequilibrar el corazón de Carmen, que sin saberlo al principio, latía ya por el dendrólogo Oke. Todo es entrañable. Y hablando de esta rama de la botánica... me ha encantado saber qué estudia... No podía ser más romántico el lugar en el que por fin se besan los dos: El Tejo de Ormiston.
"Y bajo un árbol con siglos de antigüedad -que había estado allí desde antes de que naciera la reina María I de Escocia; que había sido testigo de conspiraciones, asesinatos e historias; y que era tan viejo qur hasta el padre de Poncio Pilato podría haber sabido de su existencia- ocurrió otro acontecimiento: el mejor de los besos, entre otros muchos, que el árbol siempre guardaría en su memoria". (Ibid., página 367).
Te dejo con la intriga de saber el secreto que se desvela al final, solo te diré que me atrapó y tiene que ver con la II Guerra Mundial. ¿Podría acaso pedir más?



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