Los niños de la viruela
- bajoinfinitasestrellas

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Autora: María Solar
Título original: Os nenos da variola. Traducción de María jesús Fernández
Primera edición 2017. Edición que yo he leído, 2025 (223 páginas)
Creo que no me cansaré de recomendar esta fascinante historia que supuso una inolvidable proeza en el ámbito sanitario y filantrópico, que cruzó el océano y salvó miles de vidas...
Esta novela de la escritora y periodista gallega Maria Solar, rescata del olvido una hazaña realmente heroica, la protagonizada por la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna (1803-1806).

A comienzos del siglo XIX, la viruela causa estragos a nivel global. Muertes y muertes y, en caso de los supervivientes: lesiones y terribles secuelas.
"Aquella era una plaga infernal que mataba o marcaba la piel para toda la vida. Una peste terrible y temible. Se sabía de familias en las que todos sus miembros habían ido cayendo uno tras otro, aldeas, pueblos enteros contagiados en los que ya nadie quería entrar ni siquiera para ir a vender. Personas convertidas en monstruos, sin un centímetro de piel que no tuviera pústulas y pus, incluso dentro de la boca, dentro de los ojos. Horrible.
Unos morían, otros, sin que nadie lo pudiera explicar, sobrevivían. Pero estos quedaban marcados para siempre: ciegos, sin dientes, con cicatrices. La piel se cubría de horribles cráteres donde antes habían estado las ampollas. Algunas veces quedaban tan deformados que su vida nunca volvía a ser normal.
Por eso, todos sabían de la viruela. Todos la temían. Ezequiel también". (Los niños de la viruela, página 13).
El pequeño Ezequiel había sido abandonado a los dos meses de edad, formaba parte de ese gran número de niños que crecían bajo el cuidado de las monjas en una institución en la que faltaba comida y muchas veces, el cariño y mimo de un verdadero hogar.
"Isabel Zendán era la nueva rectora que había sustituido a la anterior después de que una negligente gestión la llevara a ser apartada del puesto. Hacerse cargo del hospicio no era tarea fácil. El salario para la rectora era más que justo, pero la partida de dinero destinada a mantener en condiciones todo aquel edificio, además de alimentar y vestir a los huérfanos, no cubría ni de lejos esas necesidades. Aquellas paredes hacía años que estaban desbordadas de niños, muy por encima de lo recomendable en un espacio de tales dimensiones". (Ibid., página 22).
Isabel y el doctor Posse Roybanes, médico del hospital, eran quienes velaban por los pequeños. Y fueron ellos dos quienes cambiaron por completo el destino del pequeño Ezequiel.
"Pero ni en el mejor de sus sueños podía haber imaginado lo que el doctor Posse Roybanes le ofreció. Le contó que tenía un trabajo para él. Que necesitaba un ayudante porque era necesario ordenar todos los libros y escritos de aquella biblioteca hospitalaria, e incluso transportar algunos ejemplares desde su domicilio particular hasta allí. Ezequiel abrió los ojos de una cuarta, sorprendido e ilusionado por una confianza tan grande. Pero entonces el doctor lo precipitó a la realidad con una agria pregunta.
—¿Sabes leer?
Fue una bofetada de realidad. ¿Cómo se iba a hacer cargo de aquella biblioteca si no sabía leer? Lo primero que se le pasó por la cabeza fue proteger aquella maravillosa oferta mintiendo, diciendo que sabía, pero lo que su boca pronunció fue la verdad.
—No sé leer.
No podía mentir porque enseguida él mismo se delataría. Y además, el doctor Posse no merecía una mentira.
—Pero aprendo muy deprisa, señor —añadió.
El doctor sonrió.
—Estoy seguro de que sí. Hablaré con la rectora doña Isabel para que te permita venir todos los días a aprender. Te enseñaré en el tiempo que me quede libre. Pero eso sí, debes aplicarte. Si en un mes no lees correctamente, buscaré otro ayudante. ¿Te ha quedado claro?
—¡Completamente! —respondió entusiasmado.
—Solo una cosa más... He visto a la hermana Valentina llevándote al camastro del hospital una ración de pan. Nunca me ha parecido una mujer sensible, más bien todo lo contrario a decir verdad. ¿Por qué hizo eso? ¿Es tu madrina de bautismo?
—¿La picada? -preguntó espontáneamente el muchacho, y al instante se dio cuenta de la metedura de pata.
—¿La picada? ¡Vaya! ¿La llamáis así los niños por las marcas de la viruela?
Ezequiel bajó la cabeza avergonzado.
—Sí. No se lo he puesto yo. Se lo llaman todos por los agujeros que tiene en la cara y en las manos. Pero ella no lo sabe. No se lo diga, por favor, se pondrá furiosa. Algunas veces nos peleamos y ella nos pega con una vara de mimbre. Pero de vez en cuando me sirve más ración en la comida, o me trae a escondidas pan de maíz, un trozo de bolla, manzanas, fruta... No sé por qué lo hace. Solo pasa de vez en cuando.
—¿Hace lo mismo con otros niños?
—Creo que no. No lo sé. Ellos tampoco saben lo que me da a mí.
—¿Y nunca te ha dicho por qué lo hace?
—No. Algunas veces me dice: «Cógelo, pobre desgraciado, así se limpian las conciencias». Pero no sé qué quiere decir.
—Ya... —el doctor guardó silencio unos instantes, después añadió—: ¿Y tenéis otros apodos?
—Solo al padre Lucas". (Ibid., páginas 40 y 41).
Isabel Zendán le enseñó a leer, a escribir y a sumar y restar.
"En las horas que Ezequiel pasó con la rectora, descubrió a una mujer que no conocía. La rectora vivía escondida detrás de una máscara de dureza, pero era en realidad una mujer afligida y preocupada por los niños. Su propia vida no había sido fácil. Era madre soltera. Un estigma que hacía desaparecer cualquier posibilidad de tener un amor. Estaba enterrada en vida. Había sido valiente para no hacer como tantas otras que abandonaban al hijo en un hospicio para evitar verse señaladas de por vida. Ella tuvo a la criatura y se hizo cargo de él. Sola, sin marido, porque aquel hombre no quiso saber nada de su hijo y así la mancha del pecado quedó toda para ella. Aunque el padre reconoció a Benito que llevaba su apellido: Vélez. Benito Vélez, así se llamaba.
El pequeño tenía ya siete años y nadie hubiera esperado que el puesto de rectora del orfanato se lo concedieran a doña Isabel siendo madre soltera. Pero así fue. Llegó a la inclusa con Benito y los dos dormían juntos en el mismo cuarto.
No era el suyo un gran puesto, pero a poco más podía aspirar una mujer. El horario de trabajo era de sol a sol, sin descanso. La rectora debía vivir en el mismo edificio, y eso significaba días y noches de trabajo, atendiendo a niños enfermos a cualquier hora y acogiendo a nuevos abandonados fuera cual fuera el momento en que se presentaran". (Ibid., página 51)
"El orfanato de A Coruña tenía una década de vida, había sido inaugurado en 1793 para descargar la Casa de Expósitos de Santiago de Compostela, dependiente del Hospital Real que atendía a enfermos y peregrinos. La «Ynclusa» de Santiago estaba desbordada hasta límites inhumanos y, cuando en A Coruña se fundó el Hospital de la Caridad gracias a los fondos donados por Doña Teresa Herrera, se decidió que, al igual que en Santiago, se situase en él una "Ynclusa" a cargo de la Congregación de los Dolores.
La idea inicial era que el torno de la casa de expósitos coruñesa recogiera a los niños abandonados en la ciudad y sus alrededores, para bautizarlos y remitirlos después al hospicio de Santiago, pero en realidad el patronato siempre pretendió darle continuidad, y así lo hizo. En cuanto llegaron los primeros niños fueron enviados a amas de cría de la zona en vez de llevarlos a Compostela. Y así se fue formando una verdadera casa de expósitos que evitaba tener que trasladar a los pequeños recién llegados, nacidos pocas horas o pocos días antes, con hambre, deshidratados, algunas veces golpeados, con heridas producidas por animales o con el cordón umbilical desprendido, hasta el Hospital Real de Santiago, y desde allí de nuevo hasta las casas de lactancia que los acogieran. En un periplo inhumano. Más de la mitad de los niños moría en el camino.
De esa manera se fue construyendo el hospicio e A Coruña, y así también fue creciendo y desbordándose de niños como le pasaba al de Santiago. Su reducido número de camas y el escaso presupuesto pronto no llegaron a nada. La miseria se apoderó también de este orfanato, donde era necesario hacer milagros para estirar el dinero que no había". (Ibid., páginas 53 y 54).
Un buen día, el doctor recibe noticias de Francisco Javier Balmis, uno de los médicos de la corte del rey Carlos IV, pronto llegaría a la ciudad con un cometido inolvidable para la Historia y la salud.
Para transportar la recién descubierta vacuna de la viruela a América —en una época donde no existía la refrigeración—, el doctor Balmis concibe una idea arriesgada pero revolucionaria: mantener el fluido transmisor vivo mediante el contagio continuado "brazo a brazo" en una cadena humana. Para ello, necesitaba a 22 niños huérfanos de la Casa de Expósitos de la ciudad. Saldrían en la corbeta María Pita con rumbo a Tenerife donde estarían un mes y, desde allí, viajarían a América.
"Posse Roybanes miraba absorto a aquel gran hombre, que lo era sin duda.
-Veo que no le falta ilusión, capacidad de esfuerzo y empeño, pero ¿cómo piensan lograrlo?
Balmis se le acercó de nuevo y le habló entusiasmado.
-Primero difundiremos la vacuna por los distintos territorios, después instruiremos a médicos y a otras personas en la técnica de la vacunación y, en tercer lugar, crearemos juntas de vacunación en las capitales y principales ciudades de los virreinatos. De ese modo, cuando nosotros abandonemos la zona, el método quedará asentado y se seguirá vacunando a toda la población. La imprenta real ha realizado una tirada de 500 libros del Tratado Histórico y Práctico de la Vacuna, escrito por Jacques-Louis Moreau de la Sarthe y que yo mismo he traducido. Formaremos a los médicos locales, nosotros solo seremos los implantadores de la vacunación, ellos la practicarán a diario.
Balmis se sentó y entonces fue Posse el que se puso en pie. Caminó pensativo por la habitación buscando también la luz de la ventana.
—La idea es buena, y el fin magnífico... Pero parece un empeño de titanes. ¿Cómo van a poder organizar todo eso desde España?" (Ibid., página 108).
"A las nueve y media de la mañana, toda A Coruña aguardaba en el muelle. Las gentes agitaban pañuelos blancos y las autoridades de la ciudad estaban junto a la pasarela del barco.
Incluso había músicos. Entre la multitud se abría un camino para dejar paso a los coches de caballos que debían llegar justo delante de la corbeta María Pita, que aquella mañana de otoño lucía esplendorosa. En el barco, los marineros estaban enfaenados en las labores de zarpar. En tierra, Balmis y su grupo médico aguardaban engalanados la llegada de los carruajes, que no se hicieron esperar.
Un eco de vítores y aplausos delató la llegada de los carros, que ya entraban en el puerto. Por los cristales de las ventanas, los niños miraban incrédulos el ambiente festivo del que también participaban.
Del primer carromato se apearon la rectora Isabel Zendal y el doctor Posse. Durante el corto desplazamiento entre el hospicio y el puerto, el médico le había relatado a la rectora sus planes con respecto a Ezequiel. Pasaría la cuarentena con su madre, tendrían suficiente dinero con lo que había aportado Balmis, el de la propia rectora y algo más que añadió él mismo.
Isabel no pudo disimular su sorpresa al enterarse de que Candela era la madre de Ezequiel, ni tampoco la inmensa alegría que le produjo la noticia. Confiaba en ella. Posse también la puso al tanto de sus planes para el porvenir". (Ibid., página 212)
Y fue así, como el 30 de noviembre de 1803 partieron en una expedición que llevaba la cura en los brazos de aquellos pequeños. No siempre fueron bien recibidos e incluso tuvieron que separarse. Balmis regresó a España, pero Salvany e Isabel continuaron incansablemente su labor de vacunación. Los admiro tanto... Admiro el empeño, el tesón, la fuerza, el liderazgo, el afán...
Está contada su memoria con dureza pues hay páginas que te encogen el corazón y con realidad, con ternura y con el poso de la verdad y el rigor. En lugar de limitarse al avance científico, da voz y nombre a los verdaderos protagonistas: los niños inocentes que sacrificaron su infancia por salvar millones de vidas.
He adorado la dedicación de Isabel Zendal, la cercanía del doctor Posse, el coraje de Balmis y la entrega de Salvany. Me han conmovido las historias de Ezequiel y su madre Candela y he pensado en todos aquellos niños. Ojalá siempre los tengamos en el recuerdo.
La novela me ha encantado.

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