Todo es máscara
- bajoinfinitasestrellas

- 9 ago
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Actualizado: hace 4 días

Autora: Rosa Huertas
(206 pp.) – Editorial ANAYA, 2023 (primera edición en 2016)
Cuando Teresa de Aliaga desaparece durante una fiesta de carnaval en el Madrid de 1835, su amiga Eugenia Salazar determina que algo debe hacer pues han pasado días ya y nadie consigue dar con su paradero. Completamente decidida, resuelta y sin ningún miedo a las consecuencias cuando lo que está en juego es encontrar a Teresa.
Fascinante y trepidante por momentos, esta lectura juvenil me ha hecho caer en la cuenta de lo difícil que era ser mujer en ese tiempo, cuántas privaciones en un Madrid dominado por hombres. Y entre ellos, algo que me cautivó desde el principio: la aparición del escritor Mariano José de Larra como un personaje decisivo que la ayudará a dar con Teresa y al que poco a poco iremos conociendo.

"La fragilidad y el conformismo, rasgos tan apreciados en una mujer de aquellos tiempos, no se encontraban entre los atributos de Teresa, que se presentaba inconformista para espanto de su círculo más cercano.
Daba igual el liberalismo o el absolutismo, Teresa era consciente de que para una mujer los avances políticos y sociales resultaban indiferentes; había que continuar adoptando un aire de fingida sumisión y no traspasar los límites de la prudencia. Nada había cambiado para las mujeres por el hecho de que fuese una dama quien reinase en España. Daba igual. Jamás podría decidir su destino". (Todo es máscara, página 12).
Casi al inicio, cuando ya vamos conociendo a la protagonista y su afán por descubrir qué le ha pasado a su amiga, se cuela en la novela un personaje que me fascinó por su realidad: Larra. Yendo Eugenia por las calles de Madrid del brazo de su tía Sole (pues corrían tiempos en los que una señorita de su posición, debía salir acompañada) se lo encuentran.
"Poco después salieron ambas del portal de la calle Santa Clara para dirigirse hasta la calle Mayor. En la plaza de Santiago se cruzaron con un hombre que parecía tambalearse levemente, envuelto en una capa negra bajo la que se asomaba un chaleco amarillo. Al llegar a su altura, Teresa lo reconoció, era Larra el escritor al que admiraba tanto por sus artículos periodísticos como por su obra teatral Macías, a cuyo estreno en el teatro Príncipe había acudido unos meses atrás.
Un impulso irrefrenable la llevó a acercarse al hombre, con el que ya había hablado en anteriores ocasiones, interrumpiendo así su andar caviloso y reconcentrado.
—Don Mariano, me alegro de verlo.
El aludido siguió caminando como si no se dirigiesen a el, pero ella no se rindió:
—¡Señor Fígaro! - exclamó.
Esta vez el hombre se detuvo y salió de golpe de su ensi-mismamiento. Le costó reconocer a la joven, quizá había trasnochado más de la cuenta y las figuras se volvían borrosas también durante el día.
Señorita... —balbució.
Teresa —aclaró ella—. Teresa de Aliaga.
Ah, cierto —asintió—. La hija de don Ramón. Disculpe voy un tanto apresurado.
A Teresa le pareció que, más que apresurado, iba algo sobra do de alcohol y que le incomodaba que ella le hubiese detenidc
¿Viene de algún baile de máscaras, señor Fígaro?
Desprecio ese apetito desordenado de hallarse donde: hallan todos. No me divierte perderme entre un enjambre máscaras, me cansa observar y oír sandeces.
¿Y de dónde viene, entonces, a estas horas? —Teresa arrepintió enseguida de su inoportuna pregunta. Reconoció instante la mirada alterada de Fígaro clavada en sus ojos.
No creo que le incumba a usted, señorita.
Soledad, que se había mantenido en un discreto segur plano, tiró de la manga del vestido de la chica.
Señorita Teresa —interrumpió la anciana—, nos están esperando.
Lo siento, señor —reaccionó la joven—. Espero en trar una mejor ocasión para hablar con usted.
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Se dio cuenta de que en el álbum de Eugenia se encontraban los nombres de sus pretendientes, de los caballeros que la rondaban. Entre todos ellos estaría la firma de su secuestrador o, quizá, y se estremeció al pensarlo, de su asesino. El álbum de Eugenia poseía las pistas, y solo ella sabía dónde se encontraba. Debía comprobarlo cuanto antes, así que saltó de la cama como un resorte dispuesta a hacer, por fin, algo por Eugenia que no fuese llorar y lamentarse escondida en su cuarto.
—¿Se puede saber a dónde vas?
La aparición repentina de tía Sole le hizo dar un respingo.
Teresa suspiró, sería irremediable la compañía de Sole.
—¿Estás ya lista? —apremió la chica—. Quiero acercarme a ver a don Onofre y pedirle algo.
Sin contestar, la anciana desapareció unos instantes para regresar tocada con su habitual velo y dispuesta a acompañar a la niña de sus ojos donde hiciera falta.
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-Te necesito, hermano —rogó—. No puedo seguir para-da, ajena a lo que ocurre alrededor, ignorando la desaparición de Eugenia. Quiero hacer algo, buscarla. Y eso solo es posible si me disfrazo de hombre. Las mujeres no podemos salir de nuestras alcobas ni de nuestros salones, no tenemos voz, somos casi invisibles para el mundo de los hombres. Hasta Larra desea que seamos miedosas y mojigatas. Y yo no quiero ser así.
No se nos permite opinar, ni estudiar como vosotros, ni cuestionar la realidad, ni crecer. Deseo hacerme pasar por hombre para buscar a Eugenia, y tú vas a ayudarme.
Mateo, atónito, solo pudo asentir, y se sorprendió a sí mismo diciendo:
—¿Qué quieres que haga?
Minutos después, ambos caminaban en dirección a la calle del León. Allí, cerca del mentidero de representantes donde se reunían los actores en busca de compañía teatral, se encontraba un conocido negocio de pelucas y disfraces que frecuentaban los artistas en busca de atuendos. Mateo conocía al dueño y le pareció el mejor lugar para que Teresa adquiriese una peluca femenina con la que disimular su arriesgado corte de pelo.
Pero Teresa albergaba otras intenciones. No era solo una peluca lo que deseaba comprar.
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La noche se había echado encima de la ciudad, ocultándola bajo un pesado manto negro. La oscuridad que recibió a Teresa al sair a la calle no la amedrentó. Envuelta en la negrura y en las ropas que la convertian en Juan Alvarez, atravesó las desérticas calles de Madrid en dirección al lugar donde esperaba encontrarse con Larra.
El café del Principe rebosaba de gente. Los jóvenes liberales eran proclives a trasnochar aunque al día siguiente los esperasen obligaciones laborales y en sus lechos aguardasen inútilmente sus abnegadas esposas.
No tardó en localizar a Larra entre un grupo de jóvenes que charlaban animadamente en torno a una mesa al fondo del local.
Buenas noches, señores —saludó al grupo—. Para mí sería un placer sentarme con ustedes y compartir tertulia con el afamado Fígaro. ¿Me admitirían?
¡Cómo no! —respondió amablemente el que parecía más joven—. Acomódese junto a nosotros.
Teresa ocupó una silla justo frente a Larra, que se mantuvo silencioso durante la conversación y que no dejó de observarla de reojo. Por un momento, temió que él la hubiese reconocido. La charla giró en torno a temas diversos: las próximas elec-ciones, los cambios en el gobierno, el último estreno teatral y los versos apasionados que leyó uno de los asistentes dedicados
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Con la desamortización ganaran mucho unos pocos aseguró ella—. Y se demolerán muchos edificios religiosos.
-En Madrid hay demasiados conventos — objetó Larra-Y el Estado necesita el dinero de la venta para sanear sus arcas.
No obstante, coincido con usted en que podría hacerse de una manera que beneficiase a más personas. Hay algunas iglesias que no deberían perderse por su valor artístico.
¿Qué me dice usted del convento de las Trinitarias?
En ese caso sería una gran pérdida -aseguró el periodista.
Nuestra amiga sor María de la Asunción está allí...
No lo digo por vuestra amiga monja sino por Cervantes.
El ilustre autor del El Quijote está enterrado allí. Dudo que a don Demetrio o a cualquier otro posible comprador el hecho le inhiba de la compra, pero alguien habrá que pueda o, al me-nos, quiera impedirlo.
Tras unos minutos de silencio en los que ambos buscaban una solución con nombre y apellidos, Fígaro esbozó una sonrisa cuyo significado no se hizo esperar:
Sé quién puede evitarlo —afirmó—. Don Ramón de Mesonero Romanos. Es un apasionado de Madrid y un hombre muy influyente. Jamás consentiría que fuese profanada la tumba de Cervantes para construir casas de pisos. Juan tendrá que hablar con él.
¿Por qué no Teresa o usted? —se extrañó ella.
— Será comprometedor y peligroso. La razón me dice que debo evitar a toda costa que usted continúe con esto porque se juega la vida. Sin embargo, sé que nada le impedirá seguir en el empeño. Prefiero salvar a Teresa, aunque ponga en apuros a Juan, porque podemos librarnos de él. Vuestra versión masculina puede desaparecer para siempre. Cuando todo acabe, el personaje debe morir, por el bien de todos. Le diré lo que puede hacer...
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Así es —prosiguió el supuesto Juan Álvarez—. Lo sabemos todo. Sabemos que usted alentó y ayudó a Ramiro León a secuestrar a Eugenia, que lo hizo para que ella no divulgase su interés en comprar el convento de las Trinitarias, que sobomo a los guardias para que no investigasen el asunto y que ha procurado que llegasen escasas noticias de la joven a don Onofre con la intención de que no lo descubrieran.
¡Qué está diciendo, farsante! -saltó enfurecido.
Tengo pruebas. He hablado con mucha gente en Madrid que conoce detalles del suceso. Hay un hombre que puede afirmar que usted habló varias veces con el soldado Ramiro León. Poseo una carta autógrafa de Eugenia en la que manifiesta claramente su rechazo a fugarse con ese joven. Ella no se fugó, fue secuestrada a la fuerza, y usted colaboró en ello.
El hombre enrojecía de furia por momentos, pero su aspecto amenazante infundía a Teresa más seguridad que temor.
¡Calumnias! -gritó.
Será mejor que no eleve tanto la voz. Podrían oírlo, y no creo que le convenga. Eche un vistazo a esto.
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