El hombre que paseaba con libros


Autor: Carsten Henn
Traducción de Elena Abós Álvarez-Buiza - Título original: Der Buchspazierer
(207 pp.) – MAEVA EDICIONES, 2022
Feliz y con una sonrisa de esas que abrazan, cerré el libro sabiendo que en mi corazón se quedará para siempre lo que cuentan sus páginas. El hombre que paseaba con libros es una historia entrañable sobre Carl Kollhoff, un solitario librero que recorre las calles entregando libros a sus clientes. A través de sus encuentros con una niña curiosa, Carl descubre el valor de la amistad, la compañía y los pequeños gestos que pueden transformar una vida. El amor por la literatura colorea la novela de calidez que reconforta y sana.

Como cada tarde y siguiendo el mismo ritual, Carl recorre las calles para llevar libros a clientes que ya son su familia.
"Carl llamó a la puerta tirando de una varilla de cobre que hizo sonar una grave campana en el interior de la mansión. Como siempre, pasó algún tiempo antes de que el dueño de la casa atravesara el largo y oscuro pasillo y entreabriera la pesada y chirriante puerta de madera. Christian von Hohenesch nunca salía. Era un hombre moreno, alto y apuesto, de pómulos nobles, mentón prominente... y una tristeza que lo cubría todo como un manto de polvo gris. Como de costumbre, vestía un traje azul oscuro de doble botonadura con una orquídea en la solapa, y los zapatos de cuero negro brillaban como si fuera a un baile en la ópera. Christian era mucho más joven de lo que la ropa que solía vestir sugería, solo tenía treinta y siete años. Pero había llevado trajes desde su más tierna juventud, le resultaban tan naturales como a otros los vaqueros.
-Señor Kollhoff, llega usted tarde. Habíamos acordado que vendría a las siete y cuarto —dijo Hohenesch a modo de saludo.
Carl inclinó la cabeza con naturalidad y sacó con mimo de su mochila el libro que le había encargado.
-Aquí tiene su nueva novela -dijo mientras recolocaba el lazo, que se había ladeado ligeramente durante el trayecto.
-Es una recomendación suya. Espero que haya acertado. -Hohenesch tomó el libro, pero no lo desenvolvió. Era una novela sobre la educación que Alejandro Magno había recibido de Aristóteles. Hohenesch solo leía obras filosóficas.
Después le entregó a Carl la propina, que establecía según el peso de los libros, el cual había averiguado de antemano.- La próxima vez, vuelva a llegar puntual. La puntualidad es la cortesía de los reyes. Le deseo una buena tarde. Adiós". (El hombre que paseaba con libros, página 16).
A todos ellos, Carl les pone nombres de personajes de la Literatura: Darcy, Effy, Hércules, Cazaslargas...
"El librero veía las novelas reflejadas en el mundo real. Para él, la ciudad estaba poblada por personajes salidos de los libros, a pesar de que estos vivieran en épocas completamente diferentes o en tierras lejanas. Desde el momento en que abrió por primera vez la pesada puerta de aquella casa, Christian von Hohenesch había salido de las páginas de la gran novela Orgullo y prejuicio, de Jane Austen. Carl, por tanto, se alejaba de la mansión Pemberley en la comarca de Derbyshire en el siglo xviII, cuyo propietario era Fitzwilliam Darcy, un caballero adinerado e inteligente que, a pesar de sus impecables modales, a menudo parecía un poco arrogante y arisco.
La razón de aquella peculiaridad era que siempre se le había dado muy mal recordar nombres, a no ser que pertenecieran a personajes de novela. Ya desde la escuela, cuando muchos profesores tenían motes, en su mayoría poco favorecedores, como Escobilla, Príncipe Morfina o Spucki, Carl les ponía otros: Ulises, Tristán o Gulliver. Al acabar el instituto, a diferencia de sus compañeros, no abandonó la costumbre de asignar apodos. Y así, el joven punk de uniforme raído con el que siempre se topaba de camino a la librería durante su época de aprendiz, se convirtió en el buen soldado Svejk. La frutera a la que compraba las manzanas pasó a ser la reina de Blancanieves, aunque afortunadamente se abstuvo de envenenar la fruta.
En algún momento, se le ocurrió que su ciudad estaba poblada por figuras literarias; es más, que había un equivalente literario para cada habitante. En los años siguientes tuvo el privilegio de conocer a Sherlock Holmes, que dirigía la brigada de Homicidios de la ciudad, e incluso a lady Chatterley, que a menudo abría la puerta con un kimono finísimo y lo había tenido encandilado de joven. Ella no le correspondió: se fue de la ciudad con Adso de Melk. El capitán Ahab estaba obsesionado por un topo gigante que vivía en su jardín, al que no lograba dar caza. A Walter Faber, un ingeniero gravemente enfermo, Carl le llevó hasta su muerte libros sobre América del Sur. Y el conde de Montecristo vivía en una casa con ventanas enrejadas, que en su día había sido una cárcel que, de alguna extraña forma, mantenía a su nuevo dueño preso entre aquellas paredes.
Casi siempre se le ocurría un nombre literario adecuado antes de haber logrado retener el verdadero, como si su memoria tratara de protegerlo y evitara sobrecargarlo con asuntos profanos. Y desde el momento en que asignaba el nombre de un personaje, desaparecía el auténtico. En el camino de la retina al cerebro, las letras de Christian von Hohenesch, por ejemplo, se convertían milagrosamente en las de mister Darcy sin que Carl se diera cuenta. Solo en situaciones excepcionales, su cabeza se apiadaba de él y recordaba algún nombre mundano.
De todos modos, su cerebro ya no tenía que acordarse de muchas cosas". (Ibid., páginas 17 y 18).
Toda la vida había trabajado en la librería, Gustav lo contrató y cuando éste se jubiló y la dejó en manos de su cruel hija Sabine, estando ingresado en la residencia de ancianos, lo recibía con cariño e ilusión Sus conversaciones estaban llenas de cercanía, de sabiduría y de amor por los libros.
"-Estos libros me los regalaron mis padres, y ya sabes que ellos también eran libreros.
-La dinastía Gruber.
-¡Exacto! En algunas familias, el amor se demuestra a través de la comida: un panecillo con una capa extragruesa de mantequilla o una segunda loncha de salchichón en el bocadillo. Otras familias se abrazan mucho y durante mucho tiempo para contrarrestar la frialdad del mundo con un poco de calor. En mi familia, el amor siempre se ha demostrado a través de los libros. Pero el libro no tenía por qué ser el adecuado para cada momento. Cuando entré en la escuela primaria todavía me costaba muchísimo trabajo descifrar una frase entera; pronunciaba cada letra de forma vacilante y luego las unía con torpeza. —Se rio, lo que le provocó un nuevo ataque de tos—. Por aquel entonces, mi padre me regaló Los Buddenbrook, de Thomas Mann. ¡Cientos de páginas de oraciones interminables! Frases maravillosas, forjadas como preciosas cadenas de oro, pero también tan largas que, sobre todo, sirvieron para una cosa: para asustarme. Al año siguiente llegó Guerra y paz, de Tolstói. Y cuando cumplí diez años y aún no había perdido tiempo alguno, mi madre me regaló En busca del tiempo perdido, de Proust. Según mis padres, no había libros para niños o para adultos, sino que estos solo se dividían en buenos o malos, y a mí me daban a leer los mejores. Igual que otros regalan joyas de diamantes, que son para toda la vida. -Gustav sonrió— ¿He vuelto a echar un sermón?
-Bueno, como sueles hacer desde que te conozco. ¡Me encanta eso de ti!" (Ibid., páginas 54 y 55).
Toda la novela va transcurriendo entre los encuentros con cada cliente. Ambientados y perfectamente caracterizados los lugares y los personajes, esta curiosidad que cito a continuación sobre el jardín de Darcy, me fascinó.
"El primer cliente era mister Darcy, que en aquella ocasión los condujo al jardín porque había estado lloviendo. Como era alérgico a muchos tipos de polen, solo podía salir al exterior durante unas horas después de la lluvia. No había nadie en toda la ciudad que anhelara más un chaparrón que él; cada gota de lluvia era libertad líquida.
Respiró una honda bocanada del aire recién lavado y les mostró el reloj de flores. Seguía el diseño de Carlos Linneo, de forma que se podía leer la hora según las flores que estuvieran abiertas en cada momento. La margarita de Livingston, por ejemplo, florecía de doce de la mañana a cinco de la tarde; la silene noctiflora, de siete a ocho de la tarde, y el salsifí era el más madrugador, de tres de la madrugada a doce de la mañana. Pero también había plantas muy precisas, como la genciana, que abría sus brotes a las nueve de la mañana, o la falangera, a las seis de la madrugada. Con el paso de los meses, Darcy iba renovando las plantas en los parterres, ya que algunas solo florecían durante unas pocas semanas al año.
Junto al reloj floral había un hermoso sillón de mimbre que no parecía haber sido tejido por manos humanas; daba la sensación de haber brotado de la fértil tierra del jardín con una forma que prometía la máxima comodidad.
-Qué hermoso lugar para la lectura tiene usted aquí". (Ibid., página 84).
Un buen día Gustav deja este mundo...
"Eran las nueve de la noche cuando sonó el teléfono de Carl, cosa que no encajaba en absoluto en su horario. El timbrazo le hizo dar un respingo; en ese momento se encontraba en el continente africano, releyendo la novela autobiográfica de Karen Blixen. Ya había leído Memorias de África hacía veinticinco años, pero tenía por costumbre retomar cada lectura un cuarto de siglo más tarde para comprobar si tenía algo nuevo que contarle.
Colocó entre las páginas un viejo recibo de la panadería a modo de marcapáginas y dejó a un lado el viejo ejemplar con delicadeza. Antes de coger el teléfono, revisó su ropa y se enderezó el cuello de la camisa.
-Kollhoff, buenas noches.
-¿Es usted Carl Kollhoff?
-Sí, al aparato.
-Le llamo de la residencia de ancianos La Catedral. Gustav Gruber desea verle.
-Pero hoy es sábado y él nunca quiere visitas los sábados.
-No se encuentra nada bien. Será mejor que se dé prisa.
Carl recorrió tan rápido las calles oscuras que llegó sin aliento. Por el camino se preguntó si debía llevarle algo a Gustav, pero luego pensó que, cuando alguien se marcha para siempre, debe dejar todo atrás, incluso lo que acaba de recibir. De todas formas, compró un ramo de tulipanes de colores en una gasolinera. A su amigo le gustaban aquellas flores porque amaba Ámsterdam. Lo hacía feliz contemplar-los. Es cierto que la felicidad tampoco puede uno llevársela..." (Ibid., página 97).
...
"Carl clasificaba a los lectores en liebres, tortugas y peces. Él se consideraba un pez: se dejaba llevar por la corriente de los libros, a veces con calma, a veces con rapidez. Las liebres eran lectoras veloces, que pasaban por el libro a todo correr y olvidaban enseguida lo que habían leído unas páginas antes. Por eso tenían que volver atrás una y otra vez para recordarlo. Las tortugas hacían lo mismo, porque leían tan despacio que tardaban meses en terminar un libro. Cada noche avanzaban una sola página y luego se dormían. Y a veces volvían a leer la misma hoja la noche siguiente, porque no estaban seguras de hasta dónde habían llegado. Y cada uno de esos animales tenía la capacidad de transformarse en una curiosa avefría: saltaban hasta el final, lo leían y después regresaban a leer el resto del libro. Carl pensaba que eso era el equivalente a ir a un restaurante y empezar por el postre. Por supuesto que era dulce y delicioso, pero no se disfrutaba con verdaderas ganas, que solo llegaban después de los platos salados.
No obstante, fuese uno el animal que fuese, el momento de abrir un libro nuevo siempre era especial. Carl se sentía dominado por una gran intranquilidad. ¿Estaría a la altura de las expectativas creadas por el título, la cubierta y el texto de las solapas? ¿Puede que incluso las superase? ¿Conseguirían conmoverlo el lenguaje y el estilo?" (Ibid., página 112)
Sabine, rompiendo con el estilo de librería heredada, despide a Carl tras la visita del padre de la pequeña Shasha quien temeroso de estar perdiendo a la pequeña, le habla del tiempo que ella y Carl pasan juntos. Triste y pensando en sus clientes, roto su corazón por el hecho de tener que abandonarlos, decide que seguirá llevándoles lecturas.
"Carl empezó a comprar él mismo los libros que entregaba.
No recibía nada a cambio, porque los clientes seguían ingresando el dinero en la cuenta de la librería. La operación solo se descubriría cuando el simpático asesor fiscal del bufete de abogados Lovenberg, Müller & Czöppan cerrara las cuentas del año en curso.
Para poder adquirir suficientes libros, Carl vendía los suyos. Cada día desaparecían unos cuantos más de las estanterías; uno a uno, todos los amigos de papel que habían convivido con él durante años o décadas iban abandonando su piso. Como no se atrevía a llevárselos personalmente a Hans a la librería de viejo, pagaba por ello al aprendiz Leon, al que esperaba a la puerta de la librería después del cierre. Apenas conseguía nada por sus tesoros. En ocasiones, un libro nuevo le costaba lo mismo que veinte viejos. Además, sus clientes le pedían más títulos que nunca, ya que de este modo intentaban aliviar su tristeza.
Carl tuvo que vivir el entierro de Gustav desde la distancia. La comitiva funeraria fue muy reducida: solo tres personas acompañaron al viejo librero en su último viaje. Esperó a que se marcharan antes de acercarse a la tumba para entregarle a su viejo amigo unos cuantos volúmenes con las historias de Qinnetou y Viejo Shatterhand. Los valientes héroes cuidarían de él. Al fin y al cabo, pensó que el papel estaba compuesto por carbono, como los seres humanos. Los libros y las personas estaban hechos de la misma materia". (Ibid., páginas 141 y 142).
Shasha con sus nueve años, su frescura, ingenuidad e ilusión será quien vuelva a dar vida a Carl tras el doloroso encuentro de él y su padre. Una pelea que llevo al sabio librero al hospital y le dejó grandes secuelas además de una profunda tristeza que sólo le hacía querer dejar este mundo para el que ya no encontraba sentido. La pequeña se las ingeniará y con la ayuda de su arrepentido padre, devolverán a Carl la alegría de regresar a su profesión de librero y poder por las tardes, junto a uno de todos los agradecidos clientes, salir a repartir libros entregando así la felicidad que envuelve a las letras.
Sin duda ha sido un hermoso cuento que ha llenado de ternura y amor mi alma.



Precioso ese home que paseaba con libros.. gracias!