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Agua del limonero


Autora: Mamen Sánchez

(303 pp) – Ed. Espasa Libros, 2011

Agua del limonero me lo regaló mi madre hace ya unos años, como tantas otras veces, escuchó hablar de él en la radio y con su rapidez y memoria, lo buscó para mí sabiendo que la historia me iba a atrapar. Lo leí entonces y algo me ha hecho volver a él estos días, difícil explicar a veces la conexión especial que siento con algunos libros, se quedan en mí y me llaman cuando saben que necesito revivir lo que cuentan. Hoy, comiendo juntas, le conté que he llorado más con esta nueva lectura. He vivido intensamente el dolor y el desgarro que producen las mentiras y traiciones. Y a la vez, he sentido la elegancia de cada línea, el perfecto perfilado de Greta y en ella... me he visto a mí. Mirando de frente a la vida, al engalo y al amor. Sucede sin querer... en una nueva lectura, es otro personaje el que me lleva de la mano, otro lugar el que acapara mi atención, quizá es una frase, un instante... y todo se reinventa.

"Greta nunca salía de casa sin una gardenia en el ojal. O una rosa de té, blanca y breve, como su taconeo de paloma inquieta. A estas alturas de su historia trataba a la vida como a una vieja amiga y era capaz de perdonarle hasta sus desplantes más crueles. Sabía que algunos recuerdos duelen para siempre; que el tiempo tiene la fea costumbre de dejar su firma en el rostro de quienes lo ven pasar; que ciertas personas no aprenden jamás; que las que nacen buenas casi nunca se tuercen, y que las que nacen malas no tienen remedio. Acababa de cumplir setenta y seis años -aunque sólo bajo el bótox y el lifting; frente al espejo nadie le hubiera adivinado más de sesenta-, pero era frágil. Frágil de andares y firme de carácter; una contradicción que le amargaba la existencia, ya que si no fuera por esos vuelos tan cortos y esas plumas tan deshechas, y esos huesos tan quebradizos, Greta Bouvier todavía sería aquella dama de largometraje que hacía maldecir su suerte a cada hombre que se cruzaba con su mirada y se descubría sin ella entre los brazos." (Pág. 9).

Así se nos presenta Greta y así cautiva desde las primeras líneas por su personalidad, su elegancia, su fragilidad y a la vez esa fortaleza de quien ha vivido, temido, odiado y sufrido hasta sentir el dolor más profundo en las entrañas. Por aquel entonces, vivía en Nueva York, tenía sus rutinas y una vida acomodada de ensueño y lujo. "Pero había un día al año, un único día, en el cual el recorrido del Bentley estaba trazado ya con tal antelación que no era necesario si quiera reducir la marcha al acercarse a la esquina. Tampoco abría que abrir de par en par las puertas de los armarios y presentarle su ropa ordenada por colores, tejidos o cualquier otra lógica de las suyas y dejarla pasear los ojos por encima de aquellas prendas con el mismo placer que sentiría si las contemplara por primera vez en el escaparate de Bloomingdale's. Ni prepararle ningún dulce especial con el que adornar la bandeja del desayuno, ni asomarse con ella al diseño de 'patchwork' del parque en otoño, que visto desde su ventana más parecía una colcha puesta a secar que ese bosque tan terco rodeado de torres y empeñado en echar raíces bajo el asfalto.

Ese día en concreto, un día tras otro desde hacía exactamente cincuenta y uno, la señora Bouvier se vestía de luto riguroso, se desdibujaba la sonrisa fingida de cada mañana y la sustituía por el gesto amargo de su verdadero ánimo, y una vez a solas con sus nostalgias visitaba la tumba de su esposo, Thomas, que murió un treinta de noviembre nada más amanecer." (Vid. pág. 12).

Thomas, un elegante caballero tenía sesenta y ocho años cuando paseando, vestido de lino blanco por el golfo de Mexico, conoció a Greta y se enamoró locamente de su belleza. Ese mismo día, se la llevó con él a su mansión decidido a conquistar su amor, su corazón. Desde entonces, "(...) ella miró a Thomas con dulzura y le dirigió las seis palabras con las que despediría de él de esa noche en adelante, todas y cada una de las veces que se dijeron adiós de mentira, a sabiendas de que la única verdad capaz de separarlos iba a ser la muerte, la parca, la pelona, la desvelada.

- Gracias. Mañana me marcharé para siempre." (Vid. pág. 26).


Clara Cobián había conseguido ese verano un trabajo como becaria en la redacción de un periódico de provincias. La llamó su directora y le dijo que le ofrecía la posibilidad de escribir las memorias de Greta. Gabriel Hinestrosa, su profesor de Literatura con voz de roble del que se había enamorado siendo todavía su alumna, fue quien la recomendó, quien dijo que no habría nadie mejor que ella para tal cometido. Aquello removió todo, sus recuerdos, sus sentimientos, el fin de su loca historia... pero aceptó.


Todos hablaban de Thomas y Greta y una noche, los caballeros se reunieron a fumar en el Casino Español y por unanimidad decidieron que se debían casar. Partió Thomas por la mañana a Nueva York y le pidió al indio Pedro que la cuidase. Y él pensó que temía se marchase como se marcharon las demás por eso ni tan siquiera le contó al regresar que una noche había visto Greta subir hasta la tumba de Gloria, escarbar y enterrar allí una caja.

Volvió Thomas con las joyas más hermosas y el anillo de pedida que jamás podría soñar Greta. Su boda ocupó las mejores portadas y a ella acudieron los más acaudalados y famosos, los amigos y... un inesperado invitado: Bartek Solifej.

Toda la belleza y la alegría terminó a las pocas horas, Thomas murió la misma noche de bodas.

Cuando Gabriel fue con Clara a su pueblo para conocer a sus padres... "Había una jarra rebosante de agua de limón con hielo y azúcar empañada de vaho sobre una mesita de hierro forjado, una tinaja de barro en cada rincón, geranios tapizando las paredes, tiestos verdes, la sombra del limonero. Desde ese día, Gabriel Hinestrosa no pudo volver a pensar en Clara sin saborear la dulzura ácida y fresca de la limonada. Tuvo una revelación. Aquella niña era para él como agua del limonero en una tarde de agosto. Alivio para su sed." (Vid. pág. 129). Ese mismo día él la abandonó cuando su padre le pidió que se alejara de ella. Clara no lo entendió, nunca supo lo que hablaron los dos y sólo años más tarde llegaría a saber cómo era aquel hombre que había conquistado su alma, su cuerpo y su corazón.


Bartek y Greta hicieron creer a todo el mundo que eran hermanos, pero... Clara va desgranando la verdad poco a poco y los secretos cobran luz y sabemos que eran marido y mujer. Decididos a empezar de cero, a olvidar el horror de la Guerra y lo que vivieron; las páginas que recorren esos episodios me conmovieron tanto que lloré amargamente durante el ingreso de Greta en el psiquiátrico, sufrí sus descargas y la repulsa que me producía Bartek a quien sólo le importaba saber dónde ella había escondido el dinero y la pistola antes de huir. Toda la vida la había estado amenazando, toda la vida llenándola de miedo hasta que aquella noche, Rosa Fe lo empujó por las escaleras con la fuerza, el dolor y la venganza que llevaba dentro desde que Solidej acabó con la vida de su marido.


Clara va conociendo a Greta, sabe que ella y Gabriel se conocieron cuando él escribió las memorias de Thomas y llega a descubrir cómo la está chantajeando desde entonces, teniendo en su poder el documento que haría saber que Greta no era Greta y que su matrimonio con Thomas no tenía validez alguna pues ya estaba casada con Bartek.

Habiéndole dicho Gabriel a Clara que la verdad no podía salir nunca a ala luz, ella abrió los ojos, viajó con ese documento que robó al profesor y en Nueva York... ella y Greta lo quemaron. Ella le dijo que al único hombre que había amado lo perdió pocas horas después de convertirse en su esposa y cerró así todos los capítulos del libro que Clara llevó a la editorial con el nombre de Agua del limonero.

Vidas que se entrecruzan, amores callados, secretos que esconden adultos y presencian niños, la muerte rondando la mansión soleada de Acapulco y toda una suerte de personajes que van y vienen en torno a Greta, una mujer que vivió la miseria, el horror y también el perdón y el amor. Y que ahora... al final de sus días se alimenta de recuerdos en un Manhattan en el que casi siempre es invierno y huele cada mañana a gardenias junto al mar.





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