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El baile de las locas



Autora: Victoria Mas

(235 pp) – EDITORIAL NARRATIVA SALAMANDRA, 2021

Título original: Le bal des folles


A finales de agosto, una de las lectoras de Instagram que más adoro y admiro (@mi.terapia.alternativa), recomendaba este libro y al leer sus palabras, supe enseguida que me iba a gustar. Pasados unos días, en otra de las cuentas que con ilusión sigo (@febroniabooks), volvía a aparecer. Quiero agradecer enormemente a las dos las respectivas publicaciones pues desde el primer instante en que lo abrí, apenas pude apartarme de sus páginas y de la historia tan difícil y a la vez real, que vivieron muchas mujeres a finales del siglo XIX.

Corre el año 1885 y en París, nos adentramos de lleno en las paredes y la vida que transcurre en un hospital psiquiátrico llamado Salpêtrière. Su descripción al poco de comenzar el libro, provoca una desagradable sensación en mí que me enfría el alma.

La Salpêtrièrre es un vertedero de mujeres que ponen en peligro el orden social. Un asilo para aquellas cuya sensibilidad no responde a lo esperado. Una cárcel para las culpables de tener una opinión. Se asegura que desde la llegada de Charcot, hace veinte años, el hospital ha cambiado, que sólo se interna en él a las histéricas de verdad. Pese a ello, la duda subsiste. Veinte años no bastan para cambiar mentalidades ancladas en una sociedad dominada por los padres y maridos. Ninguna mujer puede estar del todo segura de que sus palabras, su individualidad o sus aspiraciones no acabarán encerrándola entre los temidos muros del distrito decimotercero. Así que hay que andarse con cuidado. (vid.pág.38)

Enseguida conocemos a los personajes. Es como si fuésemos recorriendo los pasillos y las salas del hospital, viendo la inmensa habitación llena de camas. Charcot es el afamado doctor que lo dirige, neurólogo y pionero en la práctica de la hipnosis. Junto a él, ayudantes que toman notas, que aprenden y observan. Geneviève - conocida como "La Veterana"- supervisa a las enfermeras y también a las mujeres que allí se encuentran. Su vida no ha sido fácil y ha estado desde siempre marcada por la temprana muerte de su hermana pequeña cuando ella tan sólo tenía 18 años.

Las mujeres ingresadas tienen entre 13 y 65, como es el caso de Thérèse - La Tejedora-. Es la mayor de todas ellas y su vida ha sido tan cruel que no desea salir de allí, la locura y el vértigo de dentro es un mar en calma frente al dolor y el abuso que vivió fuera. Cada una con su particular herida: abusos por parte de familiares que llevan a ataques de epilepsia, convulsiones, traumas, existencias sin recursos, marginales... El argumento nos lleva a ingresar al mismo tiempo que Eugénie, su "locura" es que ve a los muertos y su familia no lo acepta. Una percepción paranormal le hace estar entre dos mundos y eso asusta.

De hecho, en el primer encuentro entre ella y Geneviève, sobrecoge la manera en que Eugénie se comunica con la hermana fallecida de la supervisora. Sólo su hermano la comprende y no la teme. Los demás familiares opinan que debe estar lejos, en un lugar en el que haya otras mujeres como ella, en un lugar como Salpêtrière.

Desde determinados ángulos, por encima de los tejados, asoma la enorme cúpula negra de un edificio majestuoso, que sorprende e intriga.
Sin embargo, se mire donde se mire, no se advierten signos evidentes de locura. En el recinto de la Salpêtrière, la gente pasea, se encuentra, se desplaza a pie o a caballo; las calles y los paseos tienen nombre; los patios están llenos de flores. En aquella ciudad en miniatura reina tal tranquilidad que casi dan ganas de instalarse en una de las habitaciones de uno de los pabellones y convertirla en un nido tranquilo. Ante un decorado tan bucólico, ¿cómo puede ser que, desde el siglo XVII, la Salpêtrière haya sido el escenario de tanto sufrimiento? Eugénie no ignora la historia del lugar. Para una parisina, no existe peor destino que el sudeste de la capital.
La selección empezó en cuanto se puso la última piedra del edificio: las pobres, las mendigas, las vagabundas, las mujeres sin hogar, por orden del rey, ellas fueron las primeras elegidas. Luego, les llegó el turno a las depravadas, las prostitutas, las mujeres de mala vida y demás "perdularias", que fueron trasladadas en grupo a bordo de carretas, expuestas a la mirada inmisericorde del populacho y condenadas de antemano por la opinión pública. A continuación, les tocó, inevitablemente, a las locas, las seniles y las violentas, las paranoicas y las retrasadas, las mentirosas patológicas y las conspiracionistas, ya fueran viejas o muchachas. Rápidamente los edificios se llenaron de gritos y suciedad, de cadenas y cerrojos de doble vuelta. Mitad manicomio, mitad prisión, La Salpêtrière acogía todo aquello que París no sabía manejar: los enfermos y las mujeres.
En el siglo XVIII, por ética o por falta de espacio, tan sólo se admitían mujeres afectadas por trastornos neurológicos. Se baldearon los lugares insalubres, se retiraron los grilletes de los pies de las reclusas y se descongestionaron las celdas demasiado llenas. No se contaba con la toma de la Bastilla, las decapitaciones y la inestabilidad feroz que sufrió el país durante varios años. En septiembre de 1792, los sans-culottes exigieron la libertad de las prisioneras de la Salpêtrière. La Guardia Nacional obedeció, y las mujeres, impacientes por escapar, acabaron violadas y ejecutadas a hachazos, porrazos y mazazos en plena calle. En resumidas cuentas, libres o encerradas, las mujeres no estaban seguras en ningún sitio. Como siempre, eran las primeras afectadas por las decisiones que se tomaban sin contar con ellas.
El cambio de siglo permitió vislumbrar un rayo de esperanza: médicos un poco más escrupulosos pasaron a encargarse de aquellas a quienes seguían llamando "las locas". Se produjeron avances clínicos, y la Salpêtrière se transformó en un centro de tratamiento e investigación neurológicos. Una categoría totalmente nueva de pacientes empezó a recibir atención en diversas unidades del complejo: se las denominaba "histéricas", "epilépticas", "melancólicas", "maníacas" o "dementes". (vid.pp. 98, 99 y 100)

Tras este recorrido histórico que la autora nos ofrece por el que fue uno de los primeros hospitales de la ciudad y de Europa, no pude resistirme a compaginar la lectura del libro con la búsqueda de documentos e información sobre el lugar. No quería imágenes, pues son tan precisas las descripciones del libro que yo ya tenía en mi mente el edificio, los pasillos, los jardines... Pero sí quería, necesitaba, conocer más sobre su historia. El enlace que dejo a continuación quizá sea de los que mejor recogen todo lo que fue y todo lo que allí ocurrió, especialmente hasta llegar a 1885, año en que los protagonistas de nuestra historia viven y sobreviven: https://www.elsevier.es/es-revista-revista-cientifica-sociedad-espanola-enfermeria-319-articulo-l39hopital-pitie-salpetriere-paris-X2013524611210723


Van pasando las páginas y Eugénie que ansía salir de allí, le pide a Genévieve que la ayude. La enfermera de intachable conducta, deberá escoger entre lo que sabe que es lo correcto y entre el deber que la lleva haciendo actuar siempre bajo lo esperado, lo estipulado.

Todos los años, el hospital se llena de vida e ilusión con los preparativos para el Baile de Media Cuaresma - "el baile de las locas" como lo denomina la burguesía parisina.

Al otro lado de los muros, un espíritu festivo se ha apoderado del dormitorio: han llegado los disfraces. Entre las camas reina un jolgorio poco habitual: las mujeres están nerviosas, dan voces, corren hacia la puerta del dormitorio, hasta las cajas que han abierto sin miramientos, hunden las frenéticas manos en las telas, palpan los volantes, acarician los encajes con la punta de los dedos... Las caras se iluminan ante los tejidos vistosos, los hombros se empujan para coger las prendas deseadas, los cuerpos se pasean con los disfraces elegidos, se oyen risitas y carcajadas... De repente, aquello ya no parece un psiquiátrico, sino la habitación de unas mujeres que están eligiendo atuendo para la gran noche que se acerca. Es la misma efervescencia de todos los años. El Baile de Media Cuaresma - "el baile de las locas", como lo denomina la burguesía parisina - es el acontecimiento del mes de marzo; el acontecimiento del año, en realidad. Durante las semanas que lo preceden, nadie piensa en otra cosa. Las pacientes empiezan a soñar con vestidos, orquestas, valses, luces, intercambios de miradas, corazones que palpitan con fuerza, aplausos... Piensan en los invitados que se reunirán para la ocasión, la flor y nata de París, encantada de codearse con las locas, y ellas encantadas a su vez de aparecer al fin en publico durante unas horas. (vid.pp. 77 y 78)

El baile supone el desenlace final. Geneviève consigue incluir en la lista de invitados al hermano de Eugénie y tramar un plan que consiga que él la saque del hospital aquella misma noche. En medio de toda la precipitación, horas antes, Thérèse se suicida cuando la llaman para comunicarle que le darán el alta y Louise que siempre había sido protegida por ella, se queda sin habla. Una crisis la deja postrada, aún así la convencen para que acuda al baile, para que recupere la ilusión pues era en el baile cuando uno de los ayudantes del doctor le iba a pedir matrimonio. El final de lo que pudo ser esta bonita historia... se torna cruel y violento.

Con Eugénie de la mano de su hermano ya libre en el jardín, la supervisora es acusada e internada. Las páginas finales nos la muestran frente a las ventanas, escribiendo cartas a su hermana que guarda minuciosamente como lleva años haciendo. Mientras Louise teje chales como lo hacía Thérèse, Geneviéve paradójicamente, se siente más libre que nunca.



A pesar de la dureza, del dolor y la rabia que por momentos he sentido; el libro me ha cautivado desde el principio hasta el fin. Me he sentido parte de ese hospital, la historia de tantas mujeres me ha conmovido. Sin voz, internadas por padres, esposos, hermanos, tíos... Sin un futuro y sin una ilusión más allá  que un baile anual en el que con morbo eran mostradas a una sociedad que curiosa esperaba verlas gritar, convulsionar, reírse a carcajadas... ¡Qué cruel!

Dicen que hay que conocer la Historia para evitar cometer los mismos errores. Ojalá en este caso también sea así.



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