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En ausencia de Blanca



Autor: Antonio Muñoz Molina

(127 pp) – Ed.Círculo de Lectores, S.A., 1999

Tras la lectura feliz y alegre de Tinto de verano, sobre la que he dejado unas líneas también aquí, decidí que sería ideal acercarme al universo literario del marido de Elvira Lindo. Conocer su obra y conocerle a él, que tantos momentos de risa me ha regalado por su contraposición a la espontaneidad y a veces caos de Elvira, por ser metódico y reflexivo, tradicional y lector-relector de clásicos. Además de miembro de la Real Academia desde 1996 y ganador del premio Príncipe de Asturias en 2013, entre otros muchos méritos que... lejos de hacerme abandonar en mi empeño de conocer su pluma, me llevaron ávidamente a las estanterías. Sabía que tenía algunas de sus obras y sabía también que sólo había leído una de ellas y algunos de sus artículos tiempo atrás.

Todo me hacía ver que disfrutaría enormemente con la novela elegida. Su portada con la ilustración Poseuse (de profil) de Georges Pierre Seurat me llevó a investigar y descubrir que se encuentra en el Musée d'Orsay de París y durante un buen rato, me perdí en sus cuadros imaginando que ella era Blanca.

Este fragmento aparece en las primeras páginas del libro: una mujer que no era Blanca. Y termina la novela, volviendo a ella. En un círculo perfecto. Menos de 150 páginas que recogen al detalle cómo era Blanca y cómo era Mario, cómo era su particular historia de amor y cómo era el mundo exterior, tan diferente para ambos que hace pensar en dos realidades opuestas que por momentos logran conectar. Unos instantes apenas.

He disfrutado del estilo cuidado de su autor y del meticuloso trazado de ambos personajes


Mucho me ha hecho pensar esta obra, he sentido emociones encontradas. Unas veces, compadeciendo a Blanca, otras recriminándole el no amar a Mario. A él lo he sentido demasiado volcado en ella, viviendo solo para Blanca y... entonces, he tenido la discusión conmigo misma sobre si eso es amor o dependencia, sobre si eso es amar o controlar; sentir el miedo a su ausencia y padecer el terrible pánico a vivir sin ella.


Es a través de Mario que conocemos la historia de ambos desde el primer momento, las diferencias en su infancia y en su forma de ver la vida. Él de un pueblo y ella de la ciudad. Con precariedades él y con lujos ella. Así crecieron y así llegaron a lo que hoy eran: él delineante y ella... digamos que bohemia, sin constancia, con varios trabajos a su espalda y una mente que disfrutaba enormemente con el Arte y su universo.

Otros la habrían considerado una mujer inconstante: para Mario, que Blanca hubiera emprendido tantos trabajos diversos y mostrara entusiasmos tan dispares era prueba de su vitalismo, de su audacia, de una instintiva rebeldía que a él le resultaba mucho más admirable porque carecía en gran parte de ella. Con becas siempre ruines, con amargos apuros, sobreviviendo en pensiones a los inviernos tristes del final de la infancia, él había venido a Jaén desde su pueblo, Cabra de Santocristo, para estudiar el bachillerato, que terminó con notas excelentes en los tiempos en que aún había reválidas, y luego, acobardado por la duración y las dificultades de la carrera de aparejador, que era la que de verdad le gustaba, se había hecho delineante. Seis años más joven que él, nacida en otra clase social y criada ya en los tiempos de los televisores en color, los yogures y las vacaciones en la playa, Blanca tenía una idea mucho menos penitenciaria del mundo, pues nadie le había inculcado los dos principios que ensombrecieron la infancia de los varones de la generación y de la clase campesina de Mario: que al nacer habían venido a un valle de lágrimas que debían ganar el pan con el sudor de la frente.
Blanca pertenecía a una opulenta familia malagueña de abogados, notarios y registradores de la propiedad, pero nunca había querido beneficiarse de las ventajas sociales de su origen, lo cual a Mario le parecía heroico... (vid. pp. 36 y 37)

Desde el primer instante, Mario decidió que viviría por y para ella y Blanca vio en él a su salvador, al hombre que traería el orden y control a su vida, dañada por un engaño amoroso y sumida en una vorágine de drogas, alcohol noches en vela.

Era probable que no hubiese tregua nunca: tendría que pasar cada hora y cada día del resto de su vida conquistándola, seduciéndola, vigilando con astucia y desvelo la aparición de cualquier peligro, de cualquier enemigo. No le importaba, desde luego, lo había sabido prácticamente desde que la conoció, y si se paraba a pensarlo no lo había hecho del todo mal desde entonces. Él no tardó ni dos días en enamorarse de Blanca... (vid.pág.55)
"Tú me reconstruiste -le dijo un día Blanca-, como si hubieras encontrado un jarrón de porcelana roto en mil pedazos y hubieras tenido la paciencia y la habilidad de reconstruirlo entero, sin descuidar ni la pieza más pequeña". (vid. pág.56)

1o capítulos y 127 páginas para descubrir que aquella no era la mujer de la que Mario se había enamorado incondicionalmente, por la que había decidido vivir y... sin embargo, ya al final, vemos que se rinde y se abandona tal vez no a ella, sino a la idea del AMOR personalizado en ella.

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Nació en Úbeda (Jaén) en 1956. Tras licenciarse en Historia del Arte, empezó a publicar artículos en diarios locales, que reunió en los volúmenes El Robinson urbano y Diario del Nautilus. En 1986 publicó su primera novela, Beatus Ille, galardonada con el premio Ícaro, a la que siguió en 1987, Un invierno en Lisboa, que supuso su consagración al recibir el premio Nacional de Literatura y el de la Crítica. Desde entonces la calidad de su escritura, en la que simultánea, el cuento y las recopilaciones de artículos, se ha visto refrendada por el reconocimiento público. Poseedor de una prosa depurada y de un talento narrativo excepcional, Muños Molina ha venido publicando una obra que conforma un todo de infrecuente coherencia (...) Es miembro de la Real Academia. (información tomada de la faja del libro).

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