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Historia de una maestra

Foto del escritor: bajoinfinitasestrellas
bajoinfinitasestrellas
15 sept
8 min de lectura

Actualizado: 16 sept

Autora: Josefina Aldecoa

Penguin Random House Grupo Editorial, 2022 (Primera edición, 1990), 233 páginas

Creo que no olvidaré pronto ni fácilmente la vida de Gabriela, los sueños de quienes lucharon por la igualdad, el conocimiento, la enseñanza...

En 1923, recoge su título de maestra en una España dominada por el analfabetismo y el aislamiento rural. A través de su voz y sus recuerdos, la novela nos va llevando por su vida durante dos décadas convulsas de la historia de España —la Dictadura de Primo de Rivera, sus vivencias como maestra en las escuelas de Guinea Ecuatorial y la llegada de la Segunda República— hasta desembocar en los albores de la Guerra Civil. 


En el prólogo se detalla el proceso creativo, la inspiración, el origen y todo lo que rodea al desarrollo del personaje de Gabriela.

"En Historia de una maestra, Aldecoa da cuenta de un testimonio que no le pertenece, o no del todo. Los recuerdos de una madre (la madre de Josefina fue maestra en la República) no aportan más que una parte del yo; los recuerdos de una infancia propia, casi lo mismo. Pero la parte del yo que a Aldecoa le faltaba para convertir este libro en testimonio la arma desde la ficción. Entonces, ésta es, finalmente, una historia de ficción que hoy, treinta años después de su publicación, y casi cien años después del momento en el que está ambientada, se lee como un testimonio rebosante de verdad. También mañana se leerá así, no tengo duda, no hay más remedio. Como una pura voz viva que cuenta sus recuerdos, como un libro de historia al que nadie cuestiona la veracidad. No hay más éxito que ése para una narración. Que sólo aporte verdad, por encima de las arquitecturas narrativas, más allá de los géneros y, por supuesto, de los tiempos.

Lo insólito de las grietas mostradas aquí es que han atravesado el tiempo, la realidad y la verdad, casi intactas. Es iluminador y descorazonador a partes iguales. Desde el centro de una pandemia, ya mordido y descabalado el siglo xxI, hoy, leo a Josefina Aldecoa y nos encuentro en cada oquedad que ella me muestra. Esa democracia inflada de deseos y agónica me resulta un símbolo demasiado cercano.

Historia de una maestra es la historia de una mujer y la de mil mujeres; puede ser la historia de todas las mujeres. Las imágenes de este libro podrían aparecer en sepia, desgastadas y desvaídas, y serían actuales en su esqueleto". (Historia de una maestra, página 10).

Tras conseguir su plaza como maestra, la joven Gabriela comienza a vivir su vocación en escuelas rurales. De una forma entrañable nos cuenta su día a día, la precariedad, el analfabetismo, la incomprensión y la soledad.

"Me acuerdo de mis paseos por los caminos polvorientos. Llevaba un libro conmigo, me sentaba al borde de la cuneta y miraba la tierra ocre y roja que me rodeaba. Al caer el sol, el cielo se derrumbaba en malvas, rosas, oros y yo sentía unas ganas terribles de llorar.

Nadie se me acercaba. Nadie se interesaba por lo que hacía. Sólo los niños acudían a su cita diaria. Yo trataba de atenderlos a todos. Hacía y deshacía grupos. Por edades, por tamaños, por inteligencias. Explicaba y repetía una y otra vez: «¿Entendéis?». Asentían con un tímido movimiento de cabeza y me escuchaban.

En la fonda tenía un cuarto pequeño y encalado con una cama y una silla por todo amueblamiento. La cama tenía sábanas gruesas de hilo casero. El colchón era de arena de río. «Más limpio y menos duro que la paja que se clava en las costillas», me explicó la mesonera. Antes de acostarme acercaba la silla a la ventana y miraba hacia fuera.

Las noches brillantes y limpias me traían olor a cereal, a humo, a pan cocido en hornos caseros.

«¿Sería éste mi futuro?», me preguntaba. «¿Sería éste mi sueño?»

Los niños progresaban. Una tercera parte ya leía a los dos meses de estar conmigo. «Estoy empezando a ser maestra —pensaba—, pero me falta mucho todavía.»" (Ibid., página 31).



"La verdadera causa de aquella imposición la fui descubriendo poco a poco. Tenía que ver con la amplitud de espíritu de don Wenceslao y con el miedo a que, si yo la compartía, ambos nos convirtiéramos en una fuerza peligrosa en el pueblo; la fuerza de la inteligencia.

Todos los días antes de acostarme, escribía a la luz de la vela mi Diario de Clase.

«He dividido a los niños en tres grupos. Los que no saben ni las letras. Los que están torpes de lectura y escritura pero ya van sabiendo dominar estos mecanismos, y por último, los que leen y escriben con cierta soltura.

Mientras unos trabajan en cálculo y los otros hacen ejercicios de lenguaje, los más atrasados trabajan directamente conmigo. Estoy empleando el método de la lectura por la escritura y me da buenos resultados.

Luego voy cambiando de actividad: enseño a contar a los últimos, hago leer en voz alta al grupo intermedio y los más adelantados escriben una redacción. Después del recreo, la última hora de la mañana, hago una explicación para todos de temas muy elementales, un día de ciencias, otro de geografía, otro de historia.

El estado de ignorancia es tan general que empleo el mismo vocabulario y los mismos recursos para los tres grupos.

Nunca han oído estos niños una explicación sobre el lugar que ocupa la Tierra en el Universo, Europa en la Tierra, España en Europa. Creo que ni siquiera están seguros del punto de España en que se encuentran. Les entusiasma el descubrimiento de los movimientos de la Tierra, el paso del día a la noche, la marcha de las estaciones. He encargado a Lucas, el mandadero, el guía que me trajo, un globo terráqueo...»." (Ibid., página 43).




"María se fue a la iglesia con una vela. «Valdrá más que las flores», murmuró. Cerró la puerta al salir y desde fuera me dijo:

-Quítese de ahí que va a coger un pasmo.

Seguí su consejo y ajusté el portillo. La cocina estaba oscura y sólo las brasas del hogar difundían un leve resplandor, un parpadeo que se apagaba y se encendía al consumirse la leña lentamente.

La amenaza del invierno ya estaba empezando a cumplirse. Se habían acabado los paseos a los bosques cercanos, la suavidad del sol de octubre que bruñe las hojas de los árboles. La primera nevada era el anuncio de muchos días grises, y era también el aislamiento definitivo. A veces, durante meses, ni las cartas llegaban al pueblo, inaccesible para los caballos y los hombres.

La escuela sería mi único recurso. Por entonces, ya empezaba a sentir esa profunda e incomparable plenitud que produce la entrega al propio oficio. Me sumergía en mi trabajo y el trabajo me estimulaba para emprender nuevos caminos. Cada día surgía un nuevo obstáculo y, a la vez, el reto de resolverlo. Los niños avanzaban, vibraban, aprendían. Y yo me sentía enardecida con los resultados de ese aprendizaje que era al mismo tiempo el mío.

Nunca he vuelto a sentir con mayor intensidad el valor de lo que estaba haciendo. Era consciente de que podía llenar mi vida sólo con mi escuela. Cerraba la puerta tras de mí al entrar en ella cada día. Y las miradas de los niños, las sonrisas, la atención contenida, la avidez que mostraban por los nuevos descubrimientos que juntos íbamos a hacer, me trastornaban, me embriagaban. Leíamos, contábamos, jugábamos, pintábamos, nos asomábamos a mundos lejanos en el tiempo y el espacio; nos sumergíamos en mundos diminutos y cercanos que encerraban milagros naturales. Tras el descubrimiento de América, corría veloz el descubrimiento de la circulación de la sangre. Tras la solución de un problema aritmético, la rellexión sobre un poema. Y luego, por qué brillan las estrellas, por qué el hombre ha conseguido volar. Por qué, por qué...

Yo me decía: No puede existir dedicación más hermosa que ésta". (Ibid., páginas 49 y 50).



"La boda fue en la ermita del Santo Sendero. Yo llevaba un traje de seda negro, un ramito de violetas en las manos y en la cabeza una mantilla de blonda larga, de mi abuela. Ezequiel también iba de negro. Un traje de paño, muy justo, muy escaso. Le quedaban las mangas un poco cortas y yo veía sus manos protegidas por los puños blancos de la camisa y las mangas del traje, como volando, como en el aire. Los dos estábamos serios. Y también mis padres.

Al lado de Ezequiel, la madrina, mi madre. A mi lado, mi padre, el padrino. Él no tenía padres, ni hermanos, ni parientes cercanos. Por eso habíamos elegido a mis padres para los papeles principales.

—No tengo a nadie —me dijo el día que me pidió que nos casáramos—. No tengo a nadie más que a ti.

Muchas veces he dado vueltas a mi matrimonio y siempre he llegado a la conclusión de que aquella soledad de Ezequiel, aquel abandono en que vivía, habían sido decisivos para que yo le aceptara y le quisiera. Aún ahora, si vuelvo sobre aquellos años tan lejanos, tengo que confesar que amor, amor, lo que se dice amor, no había entre nosotros. Al menos por mi parte. Sin embargo nunca tuve la sensación de haberme equivocado. Me pareció en todo momento que mi elección había sido afortunada y que las cualidades de Ezequiel suplían con exceso los espejismos del enamoramiento que veía en otras parejas". (Ibid., página 93).


"En los pueblos pequeños y alejados de las ciudades como los nuestros, las primeras reacciones frente a la República fueron el desconcierto y la desconfianza. En seguida la toma de posiciones se fue acentuando y se produjo una evidente división. Sin que nadie interviniese directamente, los vecinos se fueron agrupando en dos núcleos significativos, a favor unos y en contra otros del nuevo Gobierno.

Corrían rumores, comentarios socarrones. Se lanzaban unos y otros frases intencionadas. Era un tanteo, un ensayo general, una maniobra de fogueo". (Ibid., página 118).


"Cuando llegó diciembre con su olor a leña quemada, los días se encogieron, aprisionados entre amaneceres perezosos y apresurados ocasos. Nos encerrábamos temprano en casa y cocíamos castañas para comerlas luego, al amor de la lumbre". (Ibid., página 151).



"—He pensado se me ocurrió decir un día— que debíamos comprar una radio. Además de noticias oiríamos música, teatro; hay hasta programas para niños...

A Ezequiel le pareció bien la idea y el mismo día que dimos las vacaciones cogió el coche de línea a León. Do-mingo, que viajaba con frecuencia a la ciudad, le acom-pañó.

—Yo sé dónde la puedes encontrar.

Al otro día regresaron con la radio. Quedó instalada en una esquina de la cocina, sobre un estante triangular que preparó Joaquín, el marido de Marcelina.

Desde ese instante la radio se convirtió en un objeto importante en nuestra existencia. Y no sólo para nosotros. También la familia de Marcelina y las mujeres de las casas cercanas nos pedían en un momento u otro la oportunidad de oírla.

A través de la rejilla rematada con juncos de madera surgían voces que nos ponían en contacto con un mundo lejano. Aquel cajón de madera torneada nos compensó con creces del precio que pagamos por él. No obstante, Ezequiel siguió subiendo a la plaza todas las tardes. En la compañía de los otros buscaba alivio a sus inquietudes y asistía al nacimiento de otras nuevas, cada día". (Ibid., página 188).


"Aquella primavera, aquel verano han quedado grabados en mi memoria casi día a día. Me pregunto en mis noches de insomnio: ¿Cuándo empezó todo? ¿En qué momento advertí que Ezequiel abandonaba su independencia, su entrega a la educación para entregarse a una lucha más extensa?

No fue un día concreto. Su cambio no está vinculado a un hecho especial. Me parece que fue un proceso lento que se desarrolló de forma paralela a la marcha de los acontecimientos históricos que nos tocó vivir.

La incapacidad de la República para llevar adelante las grandes promesas de su primer año le había hundido en el desencanto y la decepción. Pero fue nuestro traslado al pueblo minero y su contacto con personas y situaciones vinculadas a la política lo que le llevó al compromiso. Todas las humillaciones, las ofensas, las limitaciones sufridas desde la infancia se levantaron a un tiempo para alimentar su amargura. Todas las injusticias, las frustraciones, los abusos que veía sufrir a los obreros de la mina, reavivaron ha despertar de su conciencia. A través de la educación había esperado transformar a gentes como él, privadas de todo aquello a lo que tenían derecho. Pero ya era tarde, ya no podía esperar." (Ibid., página 202)

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