MI TÍA JANE. La primera biografía de Jane Austen
- bajoinfinitasestrellas

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Autor: Espido Freire
(221 pp.) – Editorial ANAYA, 2025
Esta ha sido una lectura de flores, encanto en un hogar sencillo, cartas sobre un escritorio de madera gastado por el tiempo, mermelada de manzana, paseos por Bath, secretos de familia y esto, sobre todo esto: FAMILIA.
He disfrutado enormemente de la narración fluida y a la vez precisa de Espido Freire a la que he vuelto en un género completamente diferente. He de confesar que la portada y la preciosa edición acompañando al nombre de Jane Austen fueron el reclamo principal para atraparme desde el inicio, pero es que... a medida que la lectura avanzaba, crecía más y más mi deseo por conocer, bajo la mirada de Espido, a una escritora que me fascina.

25 capítulos a los que siguen: un epílogo, el detalle de "¿quién es quién en la familia de Jane Austen" y la sinopsis de sus principales obras.

Para situarnos, antes del comienzo de la novela, este detallado árbol genealógico, nos presenta a Jane y a sus siete hermanos con sus respectivas familias.

Comienza el relato con el reciente fallecimiento de Jane. En la voz de su sobrino Edward, vivimos esos momentos.
"—No sabes lo que dices, estúpido —le respondí—. Nunca habrá nadie como mi tía Jane.
En Steventon me encontré a mi padre en la cama, pálido y debilitado, y a mi hermanita, que no se separaba de él, hecha un mar de lágrimas.
-¿Tú también estás enfermo, papá?
-No me encuentro bien desde hace un tiempo, Edward. Me recuperaré de esto. Pero todos estamos de acuerdo en que la pena y la tensión de acudir al entierro no me convienen, y menos aún con el tiempo de perros que está haciendo. Caroline cuidará muy bien de mí. El resto de tus tíos están ya allí para el entierro y confío en ti para que representes a la familia en mi nombre.
-¿En mí? ¿Iré yo solo? - pregunté, atónito.
-Tu tía Jane fue la primera persona que te tomó en brazos cuando viniste a este mundo, y es justo que tú la acompañes en los últimos pasos que ella dé.
De manera que allí me encontraba esa mañana, casi sin haber dormido, ante la casa en la que mi tía Jane había pasado los últimos meses de su vida. Se había mudado con la esperanza de que el doctor Lyford, que vivía en Winchester y que era toda una eminencia, averiguara qué le ocurría. Sentía una debilidad extrema, se le había oscurecido la piel y le sentaba mal casi cualquier cosa que comía. La tía Jane no era mayor: tenía cuarenta y un años, y, salvo por unas fiebres tifoideas cuando era una niña, no había estado enferma jamás. Al contrario, cuando alguien de la familia enfermaba ella se encargaba de cuidarnos y de consolarnos, y conocía como nadie los interminables síntomas de la enfermedad imaginaria de la abuela, que, desde que yo recordara, siempre había estado, según ella, a un paso de la tumba". (Mi tía Jane. La primera biografía de Jane Austen, página 9).
Conocemos desde el inicio que Edward será quien busque información sobre ella en su pasado, en su familia, en las cartas... con el justo propósito de escribir su biografía.
"Trajeron más comida y bebidas calientes para todos. Henry me tendió un periódico, y golpeó sus páginas con el dedo índice:
—Mira, apareció antes de ayer en el Courier. Lee la página 4.
Era una necrológica muy breve:
´El pasado 18 del corriente mes falleció en Winchester la señorita Jane Austen, la hija menor del reverendo George Austen, rector de Steventon, en Hampshire, y autora de Emma, Mansfield Park, Orgullo y prejuicio y Sentido y sensibilidad. Sus modales eran siempre amables; sus sentimientos apasionados; su franqueza insuperable´.
Devolví a Henry el periódico, mientras él continuaba con su aire satisfecho, como un gato que hubiera cazado por fin el ratón que perseguía. Crucé una mirada con tía Cass. Las ojeras rodeaban sus bonitos ojos oscuros, pero no perdía detalle de mis movimientos. Hice una señal de sorpresa, y ella se encogió de hombros, resignada". (Ibid., página 11)
Cass, la hermana que tanto compartió con Jane, siempre me pareció una mujer llena de misterio, de entrega... Emocionan algunos de los asajes que cuenta, como este en el que Jane enfermó.
"-Acababais de marcharos a Oxford.
-Ah. sí. Bueno, en realidad vivimos muy poco en Oxford porque rápidamente, y sin saber muy bien por qué, la señora Cawley se mudó a Southampton, y todas las niñas del pequeño internado con ella. Parecía una ventaja porque así estábamos más cerca de cada..., pero entonces aún no sabíamos una cosa: Southampton era un puerto de mar por donde pasaban todas las tropas del ejército, tanto las que llegaban a Inglaterra como las que se marchaban de allí. Centenares de hombres en barracones y en cuarteles. Y donde hay mucha gente junta, sin muchas posibilidades de aseo, y que vienen de otras tierras,
¿qué tenemos?
-Puestos de comida con precios carísimos — dije yo, sin saber a dónde quería llegar mi tía.
-Sí, eso también —se rio ella—, pero en realidad la respuesta que buscaba era epidemias. Y eso fue lo que ocurrió. Un regimiento de soldados trajo con ellos una epidemia de fiebres, y nosotras nos contagiamos. Aún no sé cómo pudo ocurrir, porque llevabamos una vida muy controlada, y salvo para algunos paseos juntas, en los que no hablábamos con nadie, las niñas no abandonábamos la casa. Y esa temporada tampoco recibimos vi-sitas: quizá el agua se contaminó, o la comida que traían del mercado pasó por las manos de alguien enfermo, o quién sabe. El caso es que un día estábamos jugando en el jardín a correr como locas, que era lo que más nos gustaba, y una de las niñas cayó al suelo y no se levantó. Pensamos que nos estaba gastando una broma, pero entonces Jane, que se había detenido a mi lado se tambaleó, cerró los ojos y también se derrumbó". (Ibid., página 34)
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"-De verdad Cass te ha encargado que escribas la biografía de la tía Jane? -preguntó mi hermana Anna—. Pero ¿qué sabes tú de ella, si casi no la conociste?
-No sé casi nada, pero por eso os estoy preguntando a quienes la tratasteis.
Me había costado mucho acercarme hasta su casa, cerca de Chawton, y pedir ayuda a mi impredecible hermana mayor. Pero me veía incapaz de preguntarle a la tía Cass por su vida amorosa, porque eso implicaría que ella misma hablara de su triste historia, y no quería causarle tanto sufrimiento.
Mi hermana me sirvió una taza de té con posos en una taza barata. Era una pésima ama de casa, como mi madre no dejaba de recordar, y como ya tenía dos niños muy pequeños y esperaba el tercero, el salón se encontraba en un desorden bastante lamentable. Siempre había sido muy guapa, pero la encontré agotada y envejecida.
—Yo no solo la conocí: es que ella me crio. Cass y la tía Jane fueron mis segundas madres cuando la mía murió. Me llevaron a Steventon con ellas, que no eran más que unas adolescentes, y me enseñaron todo lo que sé. A leer, a escribir, a enfrentarme a la vida con todo lo que eso supone. Yo —dijo después de una pausa— soy la que más me parezco a ella. En lo físico y en lo emocional. Nadie la comprendía como yo, y nadie me comprendía como ella.
En la pared norte del salón, un enorme reloj movía su péndulo adelante y atrás. Tic, tac, tic, tac. Me estaba poniendo casi tan nervioso como la brusca manera de narrar de mi hermana.
-Bueno, empezaré por el principio, por el momento en el que las dos hermanas entraron en sociedad y comenzaron a asistir a bailes y a reuniones sociales. Recuerdo que me colaba en su habitación (ellas compartieron cuarto durante toda su vida) y, tumbada en una de las camas, veía cómo se arreglaban para salir: los vestidos de muselina, las cintas con las que se ataban el cabello, las joyas que usaban... Las dos tenían unas cruces de topacio que les había regalado el tío Charles con su primera paga como marino. Tía Jane prefería un anillo con una turquesa, y tía Cass lucía el suyo, idéntico, con un granate.
-¿ Tenían muchos pretendientes?
-Mmm. Depende de a quién le preguntaras. Si hacías caso a la tía Jane, todo el que la miraba se enamoraba de ella. Alguna de las vecinas decía que era una descarada y una coqueta. Yo creo que era de carácter alegre, y que muchos chicos le pedían un baile porque tenía fama de buena bailarina, y se mostraba tan divertida que querían un poco de ese entusiasmo que ella mostraba. Pero me temo que contaba con más amigos que ad-miradores, porque era de todos conocido que las chicas Austen no tenían dote.
-¿Ninguna?
-Ninguna. Nada. Ni un penique". (Ibid., páginas 56 y 57)
Se describe a la perfección la precaria situación en algunos momentos de su vida.
"Pero entonces todo cambió nuevamente, y en este caso, tú fuiste el responsable.
-¡Yo? —contesté, sorprendido—. ¿Qué hice yo?
-Naciste. Y con eso, con tu aparición en el mundo, se transformaron todas las relaciones familiares.
—Explícame eso con más calma.
Tú no eras un niño cualquiera, Edward. Todos te esperaban: el primer chico del hijo mayor de la familia. En este país, la mayoría de las herencias están vinculadas a los hombres: yo, que era la primera hija, no contaba, no aportaba nada. Pero tú sí. Tu llegada supuso que ya existía un heredero no solo para tu padre, sino también para tu abuelo, y que las rectorías del abuelo y todo el dinero y las posesiones de los tíos sin hijos acabarían en ti. Con tu nacimiento, nuestro padre se convertía, de pronto, en el hombre más importante de la familia. ¿Cómo no iban a quererte? Además, te parecías como una gota de agua a otra al abuelo Austen, y tenías muy buen carácter. Pero no solo mejorabas la situación de tu padre.
-¿Qué más hice sin darme cuenta?
-Tu madre. Tu madre, de pronto, ya no era la amiga solterona que se había casado casi por lástima con un viudo, sino que se había convertido en la madre del heredero de la familia. De manera que al poco tiempo reclamó su espacio, y su espacio era la casa principal de los Austen: la rectoría de Steventon.
-¿Me estás diciendo que mi madre les dijo a los abuelos que quería vivir en su casa?
-No que quería vivir en su casa, sino que merecía vivir allí.
-No me puedo creer eso de ella —la defendí.
-Oh, sí, créetelo. Créete todo lo que te cuenten de tu madre.
Te aseguro que no será ni la mitad de la realidad.
Empecé a entender algunas cuestiones que había oído aquí y allá, y sobre todo entendí por qué mi madre no era demasiado querida por parte de la familia.
-¿Y qué pasó entonces?
-Pues que cualquier persona se hubiera reído de ella. Pero el abuelo Austen no era cualquier persona. Se sentó a valorarlo, lo reflexionó con la abuela, y llegó a una conclusión". (Ibid., páginas 66 y 67)
Me ha encantado revivir cómo era su vida, qué costumbres tenían, cómo se detenían en cada detalle... El que viene a continuación, me ha parecido un fragmento de extraordinaria realidad que reflejaba la realidad de las mujeres y, en especial, de aquellas que en esa época no se habían casado, no trabajaban...
"-Pero eso parece agotador —dije yo—. ¿Es obligatorio? ¿ Con cada visita, con cada persona con la que os cruzáis?
-No es obligatorio, pero sí de buen tono. Y el buen tono rige nuestra sociedad, Edward. Si tu tío Knight nos invitaba a Godmersham Park, no ibamos a llegar allí con las manos vacías.
-Pero si ibais a cuidar de la tía y de los nuevos bebés!
-Sí, pero si pasábamos allí uno o dos meses, ellos se encargaban de alimentarnos, de que estuviéramos cómodas y que no nos faltara una chimenea encendida, que sus criados nos atendieran...
Nosotras les generábamos unos gastos, sobrino, y aunque no podíamos devolver del todo esa atención, llevábamos regalos para los niños y algo especial para los adultos.
Me quedé estupefacto y comencé a contar mentalmente.
-Los primos Knight Austen son once..., ¿conseguíais regalos para todos?
Ella se rio por lo bajo.
—No recuerdo que te quejaras nunca cuando íbamos a Steventon y te llevábamos los caballitos de madera que te gustaban -suspiró—. Eso no era un problema mientras vivíamos en el campo.
Casi todos los obsequios eran fruto de nuestro tiempo y de nuestro trabajo, pero el tiempo de una mujer soltera jes tan barato! Nosotras cosíamos muñequitas, o bordábamos pañuelos o una funda de almohada, hacíamos una cajita para guardar botones o agujas con cartón forrado de seda... Recuerdo una temporada en la que hicimos alfileteros para todas las mujeres de la familia. En casa se elaboraba queso, aguardiente de cerezas que bien embotellado, servía como obsequio para todo el año. Los huevos de las gallinas de mamá, Dios las bendiga, nos daban muchísimo juego. Regalábamos manzanas en una cestita, un saquito de nueces, o contábamos flores del jardín o salíamos al campo a completar el ramo si no teníamos nada a mano. En el campo, corresponder salía muy barato.
-Pero os pasaríais el día trabajando —dije.
-Ay, Edward, los jóvenes caballeros pensáis que las mujeres de nuestra clase nos dedicamos al cotilleo, al paseo o a las compras... No tenéis ni idea de cómo se sostiene una casa, ni de cómo llega vuestra comida a la mesa. Hay tres, cuatro mujeres que trabajan para vosotros. A muchas ni siquiera las veis. Las lavanderas que cada quince días se encargan de vuestras camisas, la cocinera que sigue las indicaciones de tu madre para las cenas, la doncella que limpia tu habitación y tus zapatos, tu madre, que remienda tus camisas y teje tus calcetines...
En Oxford nosotros mismos nos encargábamos de algunas de esas tareas, y es verdad que la mayoría de las veces intentábamos librarnos de ellas. La tía me golpeó con cariño en la mano y prosiguió.
—Las mujeres trabajamos de la mañana a la noche, desde que despunta el día hasta que es noche cerrada. Da igual que estemos cansadas o esperemos un niño, siempre hay un hijo o un sobrino que tiene fiebre y al que hay que velar, otro al que se le mueve un diente, un anciano de la casa con insomnio que necesita un vaso de leche, un vestido al que coserle un botón, una carta por responder, una factura por revisar. Se nos ha olvidado poner en remojo las judías para el almuerzo, o bajamos al sótano a por unos pepinillos en vinagre para acompañar el asado, hay que revisar las lecciones con un niño o dar ánimos a otro, hay que encender una vela nueva para una hermana, porque no se da cuenta de que ahí ya no ve, o cambiar las sabanas, que ya les va haciendo falta. Hay que comprar el tabaco preferido del padre, o encargar la medicina de la madre, es importante que no nos quedemos sin azúcar, y todo eso debe anotarse en la lista de la compra, para luego ir a comprarlo, para luego guardarlo bajo llave. Es nuestra tarea mantenerse al día con la ropa remendada, cortamos una tela nueva según un patrón prestado, cosemos las mangas, el dobladillo, la cintura. Lo descosemos si nos ha quedado mal. Nos comprometimos a entregar dos camisas para los pobres de la parroquia y aún no las hemos acabado. Nos encargamos de curarle los callos al jardinero. Será pronto el cumpleaños del tío, y sabemos que le gustan nuestras acuarelas, con lo que pintamos una flor de manzano o un paisaje bonito.
-Estoy ya agotado —dije, de broma, pero la tía estaba muy seria.
-Y luego está lo que no es trabajo pero se espera igualmente de nosotras. Hay que rizarse el cabello durante la noche, y usar una crema de nata para la blancura de la piel. Hay que vestirse de la manera adecuada y sonreír, aunque no tengamos ganas.
Leemos las últimas noticias para que no nos consideren unas incultas, y atendemos a las visitas mientras bordamos, nos enteramos de que la vecina necesita consuelo y nos turnamos para no dejarla sola. Mantenemos el secreto de una jovencita con mal de amores, y le damos consejos que no escuchará, y bailamos con ella para que practique el último paso de baile. Escuchamos las quejas de mamá; en realidad escuchamos las quejas de todo el mundo. Eso hacemos las mujeres que no trabajamos, Edward". (Ibid., páginas 83, 84 y 85).
Jane no contó con el reconocimiento merecido en persona. No era fácil siendo una mujer...
"(...) porque una firma con nombre real era como pedir a gritos que te lo devolvieran sin leer, y acordamos publicarlo por cuenta de la autora.
-¿Por cuenta de la autora?
-Exactamente. Eso quiere decir que Jane corría con los gastos de impresión. Si se vendía bien, ganaba su porcentaje. Si no..., se quedaba con un montón de libros apilados como leña.
Un sistema perverso, si me preguntas mi opinión. Pero era eso o nada. A Jane ya la habían estafado varios editores con anterioridad: o nunca respondían, o secuestraban los derechos de edición sin publicar luego la novela. Pero este caso fue diferente.
-¿Y se vendió?
-¡Y tanto! Sentido y sensibilidad se publicó en 1811. Vendió bien desde el principio. El público lo encontró fresco, agudo, diferente. Y Jane.. Jane apenas dijo una palabra al respecto a nadie. La mujer más lacónica del mundo. ¿Te lo puedes creer? Yo le habría hecho una cena de celebración, hubiera soltado fuegos artificiales, pero ella se limitó a decir: «Me alegra que algunas personas hayan encontrado mérito en ello. Aunque no lo reconozcan ante sus esposas».
Reímos los dos. Mi tío se limpió la espuma del bigote con el dorso de la mano.
—Después vino Orgullo y prejuicio. Ah, el mejor título de la historia. Jane lo había escrito años antes, cuando aún vivíamos en Steventon. Entonces se llamaba Primeras impresiones. Pero Egerton no aceptó publicarlo hasta 1813. Duditas, escrupulitos de editor. Y ese sí que fue un éxito rotundo. Se vendieron todas las copias en menos de un año. Hasta se habló de una segunda edición, ¡imagínate!
-¿Y ella? ¿No pensó en firmarlo esta vez?
-No... no era algo que contemplara. Y te diré más: yo sabía que, si algún día su nombre aparecía en la portada de un libro, sería porque ya estaría bajo tierra.
-Eso es muy triste.
-O muy digno —me miró con seriedad un segundo, luego volvió a sonreír—. Creo que aún no se había decidido, no sabía si le gustaba o le molestaba la notoriedad. Pero el caso es que su fama, o más bien la de sus novelas, crecía. Mansfield Park, en 1814, fue el siguiente. Y ese lo llevé yo también a Egerton. Vendió bien..., pero algo cambió.
-¿Qué cambió?
-Bueno, las críticas no fueron entusiastas..., pero no se debió a eso. Gracias a esa novela fue invitada a palacio, incluso el príncipe regente tuvo la amabilidad de leerla. Cassandra tiene que contarte cuando conoció al bibliotecario real, a ese bobo pomposo de Clarke en Carlton House... No. Fui yo. Me arruiné —lo dijo sin cambiar de tono. Bebió otro trago y siguió — 1815, negocio bancario, Londres. Mal momento. Peor lugar. Pésima compañía". (Ibid., páginas 135 y 136).
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"La Jane se levantaba pronto, escribía, y practicaba un ratito con al piano. A las nueve de la mañana preparaba el desayuno. Era su parte en las tareas del hogar. El té y el azúcar estaban bajo su cuidado... y también el vino. Con eso cumplía. La tía Cassandra se ocupaba de todo lo demás. La abuela les había cedido la administración de la casa a sus hijas, y poco después dejó incluso de sentarse a la cabecera de la mesa. Si había algún niño pequeño, la abuela se sentaba a su lado para darle de comer cucharada a cucharada. Luego, la tía Jane solía permanecer en la sala de estar hasta la comida del mediodía. Cuando había visitas, sobre todo cosía.
-Sí, como sigue haciendo la tía Cass.
-Después del almuerzo, las tías solían salir a caminar. A veces iban a Alton para hacer compras; otras, a la casa del tío Edward. En el pueblo vivían algunas familias, pero no mantenían con ninguna
intimidad especial. Tenían un trato amistoso, pero algo distante con todos. Escribía constantemente. ¿Has visto sus cartas? Esa caligrafía tan bonita, escrita con esmero. Entonces había un verdadero arte en doblar y sellar cartas, y la tía siempre lo hacía bien, y la cera caía en el lugar justo.
'Si las primas Mary Jane y Cassy estaban allí, inventábamos juegos en los que la tía nos ayudaba mucho. Nos prestaba cosas de su armario, una falda vieja, un chal, un sombrero que ya no usaba. Nos entretenía de mil maneras, y parecía disfrutarlo tanto como nosotras. Jamás tenía prisa; se tomaba el tiempo de sentarse con nosotras en el suelo, o fingía sorpresa cuando descubría que aquellas dos sillas eran una diligencia rumbo a Londres.
Recuerdo una ocasión en que nos invitó a un té a las tres como si fuésemos ya señoritas adultas que comentábamos cómo nos había ido después de un baile. "Mary Jane —decía con fingida gravedad —, confiesa ahora que no has dejado de pensar en el capitán Jones desde que te tiró encima aquella copa de vino. Esa clase de galantería no se olvida fácilmente". O se volvía hacia Cassy y susurraba: "Y tú, querida, no mires tanto al suelo, que ya se ha dicho en el desayuno que el joven Tom Linson ha pedido tu retrato a su madre".
Nosotras, encantadas, le seguíamos el juego con entusiasmo, e inventábamos nuevas intrigas. Aquello no era solo entretenimiento; nos enseñaba a observar y a escuchar. Y siempre, siempre, con risas. Nunca se burlaba de nosotras; al contrario, nos ofrecía un espejo en el que podíamos vernos agrandadas, más graciosas, más audaces de lo que nos sentíamos. —Se le llenaron los ojos de lágrimas—, Ay, Edward, no puedo creerme que no vuelva a verla nunca más.
Lloró un poquito, con la frente apoyada en una de las ramas.
Le acaricié una mano hasta que se calmó". (Ibid., Páginas 166 y 167).
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Podría seguir y seguir citando líneas, párrafos que se me quedaron dentro e incluso anécdotas divertidas como la que cuenta Cassandra en relación al gato que tenían (Tibby) y el empeño de Jane por enseñarle latín... Pero, lo que más podría decir que me llegó a lo profundo del corazón, fue la intervención final y desgarradora de la madre de Jane, la abuela de Edward, cuando con gran transparencia le contó el secreto mejor guardado en la familia. La dolorosa existencia de George, uno de sus hijos, un hermano de Jane, que tras su enfermedad sin cura fue ingresado hsta el fin de sus días en una institución en la que también estaba su tío. Se trataba de una dolencia hereditaria que quizá pudieran tener alguno de sus descendientes y de la que nadie decidió hablar...
Sin duda, ha sido de esas lecturas que me llenan de unas ganas irrefrenables de volver a los libros de Jane, de sentir esa vida, ese tiempo, esas ganas por adentrarme en la piel de sus personajes femeninos tan detalladamente perfilados. Seguro que pronto será...



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