top of page

PEQUEÑO PAÍS

  • Foto del escritor: bajoinfinitasestrellas
    bajoinfinitasestrellas
  • hace 9 horas
  • 15 min de lectura

Autor: Gaël Faye

Título original: Petit pays

(219 pp.) – Ediciones Salamandra, 2018 (Primera edición en francés, 2016)

Pequeño país se me ha grabado profundamente en el alma como se clavan las historias que te remueven por dentro, que te atrapan y ya no te sueltan jamás.

Petit pays es la primera y aclamada novela del músico y escritor franco-ruandés Gaël Faye. Podría definirla como viaje desgarrador a la infancia truncada por la brutalidad de la guerra. A pesar de ello, sus páginas desbordan ternura, color y ruido.

Cuando mi amiga Eli me lo dejó, sentí que me contaría una historia fuerte, necesaria, valiente y a la vez, conmovedora para mí. Ella me dijo que me gustaría y la verdad es que, cuando lo terminé, cerré los ojos y pensé que me conoce muy bien y que lo que sentí y las lágrimas que salieron de mi corazón ya casi al final, son la muestra más sincera de una literatura llena de matices, de intención, de dolor, de exuberantes paisajes y de auténtica realidad.

Quizá la genialidad máxima de esta novela, desde mi punto de vista, haya sido la inocente perspectiva de un niño que con diez años vive feliz en Buyumbura, capital de Burundi, ajeno por completo a todo el horror que lo atrapará. Me parece extremadamente difícil narrar desde esa mirada y hacerlo con tanta naturalidad hasta el punto en que crees que es realmente ese niño que va creciendo el que te cuenta su historia en esos precisos instantes, lo que sentía en cada momento, los miedos, la incertidumbre, los sueños...

Gabriel es hijo de un empresario francés y una madre ruandesa de la etnia tutsi. Gaby, que así es como lo conoceremos a lo largo del libro, vive en un oasis de privilegios: un callejón seguro en el que transcurren juegos, travesuras y amistad, tardes robando mangos con su pandilla, cartas con su corresponsal francesa de la que se enamora platónicamente sin haberla visto y una cotidianidad llena de olores, sol y travesuras propias de un niño de su edad que crece feliz.

Pero, ese "pequeño país" y esa burbuja de felicidad infantil poco a poco se van fragmentando. Primero, llega la separación de sus padres, un hecho que él vivirá sin comprenderlo, con dolor y al mismo tiempo con la avivada esperanza que mantendrá hasta el final de que vuelvan a estar juntos; después, por una sombra mucho más oscura y colectiva: las tensiones políticas y étnicas que desembocarán en el terrible genocidio de Ruanda de 1994 y la guerra civil en Burundi. Ser hutu o tutsi, algo que para él no tenía sentido, pasa a ser decisivo, razón imperiosa para seguir o no vivo.

El estilo delicado, sutil y rico en descripciones de lugares y emociones me fueron cautivando poco a poco. La narración que comienza con el Gabriel adulto, va dejando paso a los recuerdos llenos de intensidad para volver de nuevo a la actualidad, cerrando así un círculo perfecto de lo que vivió.


"Este regreso me obsesiona. No hay día en que el país no me venga a la memoria. Un ruido furtivo, un olor difuso, una luz en la tarde, un gesto, a veces un silencio basta para despertar el recuerdo de la infancia. «Allí no vas a encontrar nada, aparte de fantasmas y un montón de ruinas», no deja de repetirme Ana, que no quiere volver a oír hablar de ese «maldito país». La escucho. Y la creo. Siempre ha sido más lúcida que yo. Entonces desecho la idea. Y decido de una vez por todas que nunca regresaré allí. Mi vida está aquí. En Francia.

Ya no habito en ninguna parte. Habitar significa fundirse carnalmente con la topografía de un lugar, con las anfractuosidades del entorno. Y aquí no me sucede nada de eso. Sólo estoy de paso. Alquilo. Anido. Ocupo. La mía es una ciudad dormitorio funcional. Mi apartamento huele a pintura fresca y a linóleo nuevo. Mis vecinos son completos desconocidos, a los que uno evita cordialmente en la escalera.

Vivo y trabajo en la Región parisina. Saint-Quen-tin-en-Yvelines. Línea RER C. Una ciudad nueva, como una vida sin pasado. He necesitado años para integrarme..." (Pequeño país, página 11)

..............................

"Nunca sabré las verdaderas razones de la separación de mis padres. Sin embargo, debió de existir entre ellos un profundo malentendido desde el comienzo. Un defecto de fabricación en su encuentro, un asterisco que nadie vio o quiso ver. Antes de eso, mis padres eran jóvenes y hermosos. Unos corazones tan henchidos de esperanza como el sol de la independencia. ¡Había que verlos! El día de su boda, papá no acababa de creerse que al final le hubiera puesto el anillo en el dedo. Sin duda él tenía cierto encanto, un encanto paternal, con sus penetrantes ojos verdes, los cabellos castaños con reflejos rubios y la estatura de vikingo. Pero no le llegaba a mamá a la suela del zapato. Ella tenía unas piernas largas y delgadas que hacían asomar fusiles en la mirada de las mujeres y entreabrían persianas en la de los hombres. Papá era un francesito del Jura, llegado a África por casualidad para realizar el servicio civil. Provenía de un pueblecito de la montaña que podría haber pasado por un paisaje de Burundi, pero en él no había mujeres con el porte de mamá, juncos de agua dulce de silueta torneada, bellezas de piel negra como el ébano y grandes ojos de vaca watusi, esbeltas como rascacielos". (Ibid., páginas 15 y 16).

..............................

"El año en que cumplí ocho estalló la guerra en Ruanda. Fue al inicio del último curso de primaria.

Había oído en la radio que los rebeldes —a los que llamaban Frente Patriótico Ruandés (FPR)— habían atacado Ruanda por sorpresa. Ese ejército del FPR estaba formado por hijos de refugiados ruandeses —la generación de mamá y de Pacifique— llegados de los países limítrofes: Uganda, Burundi, Zaire... Mamá se puso a bailar y a cantar cuando se enteró de la noticia. Nunca la había visto tan feliz.

Pero su alegría duró poco. Unos días más tarde se enteró de la muerte de Alphonse. Alphonse era el otro hermano de mamá, el hijo mayor, el orgullo de la abuela. Un hombre brillante. Un ingeniero físico-químico titulado en las mejores universidades de Europa y América. Alphonse, que me había dado clases de matemáticas y que había despertado en mí el deseo de ser mecánico. Papá, que lo quería mucho, decía: «Con diez Alphonses, Burundi se convertiría en Singapur en poco tiempo.» Alphonse era el primero de la clase con la actitud relajada de un mal alumno. Siempre bromeaba, armaba jaleo, nos hacía cosquillas en los sobacos y le daba besos a mamá en el codo para incordiarla. Y cuando Alphonse reía era como si las paredes del saloncito de la abuela se colorearan de alegría.

Había partido al frente sin avisar a nade, sin dejar siquiera una carta. En el FPR se burlaban de sus diplomas. Para ellos, él era un soldado como los demás. Murió allí, como un valiente, por un país que no conocía y en el que nunca había puesto los pies. Murió allí, entre el fango, en el campo de batalla de un campo de yuca, como cualquiera que no supiera sumar dos más dos, ni leer, ni escribir". (Ibid., páginas 61 y 62).

..............................

"Más tarde, supe que era una tradición poner música clásica en la radio cuando hay un golpe de Estado El 28 de noviembre de 1966, durante el golpe de Estado de Michel Micombero, fue la Sonata para piano n.° 21 de Schubert; el 9 de noviembre de 1976, durante el de Jean-Baptiste Bagaza, la Séptima sinfonía de Beethoven, y el 3 de septiembre de 1987, cuando el de Pierre Buyoya, el Bolero en do mayor de Chopin

Aquel día, 21 de octubre de 1993, tuvimos derecho a El ocaso de los dioses de Wagner. Papá cerró el portón con la ayuda de una gruesa cadena y vario candados. Nos ordenó no salir de casa y mantenernos alejados de las ventanas. Luego puso nuestros colchones en el pasillo, por el peligro que podían suponer la balas perdidas. Nos pasamos todo el día tumbados e el suelo. Fue bastante divertido, porque teníamos la impresión de estar de acampada en nuestra propia casa.

Como de costumbre, papá se encerró en su habitación para hacer llamadas. Hacia las tres de la tarde

Ana y yo jugábamos a las cartas mientras él estaba al teléfono en su habitación, cuando oí que llamaban a la puerta de la cocina. Fui a ver, con sigilo. Gino estaba detrás de los barrotes, sin aliento". (Ibid., página 118).

..............................

"Pobre África... Que Dios nos ayude.

Innocent no decía nada, conducía mirando fijamente la carretera delante de él.

A partir de ese momento, los días pasaron más deprisa a causa del toque de queda que obligaba a estar en casa a las seis de la tarde, antes de la caída de la noche. Durante la cena, comíamos la sopa escuchando la radio y sus noticias alarmantes. Comencé a hacerme preguntas sobre los silencios y las palabras no dichas de unos, y de los sobrentendidos y las predicciones de otros. Aquel país estaba hecho de cuchicheos y enigmas. Había fracturas invisibles, suspiros, miradas que no comprendía.

Los días pasaban y la guerra seguía causando estragos en las zonas rurales. Había pueblos arrasados, incendiados, escuelas atacadas con granadas, alumnos quemados vivos en su interior. Cientos de miles de personas huían hacia Ruanda, Zaire o Tanzania.

Se hablaba de enfrentamientos en las zonas periféricas de Buyumbura. Por la noche se oían disparos a lo lejos. Prothé y Donatien faltaban con frecuencia al trabajo porque el ejército realizaba numerosas redadas en sus barrios.

Desde el vientre acogedor de nuestra casa, todo aquello parecía irreal. El callejón dormitaba, como era su costumbre. A la hora de la siesta se oía el piar de los pájaros en las ramas, la brisa movía el follaje de los árboles, los gigantescos y venerables ficus nos ofrecían su sombra reconfortante. Nada había cambiado. Nosotros proseguíamos con nuestros juegos y exploraciones. Las intensas lluvias habían vuelto". (Ibid., página 124).

..............................

"Desde ese día, Gino me rehuía. Armand y los gemelos no estaban al corriente de lo que había pasado allí, en el río. Les había hecho creer que habíamos escapado como ellos. Las lágrimas de Gino me seguían obsesionando. ¿De verdad su madre estaba muerta?

No me atrevía a hacerle la pregunta. Todavía no. Vivíamos días inciertos. Las semanas parecían un cielo en la estación de lluvias. Cada jornada traía su lote de rumores, violencia y consignas de seguridad. El país seguía sin presidente y una parte del gobierno vivía en la clandestinidad. Pero en los bares se bebía cerveza y se comía brocheta de cabra como si con ello se quisiera resistir la incertidumbre del día siguiente.

Un nuevo fenómeno se apoderó entonces de la capital. Lo llamaban jornadas de «ciudad muerta». Se repartieron panfletos por la ciudad con un mensaje que invitaba a la población a no circular uno o varios días concretos. Cuando esas jornadas comenzaban, bandas de jóvenes tomaban las calles, con la complacencia de las fuerzas del orden, levantaban barreras en los ejes principales de diferentes barrios y agredían..." (Ibid., página 131).

..............................

"En la escuela, las relaciones entre los alumnos burundeses cambiaron. Era algo sutil, pero me daba cuenta. Se hacían muchas alusiones misteriosas, se hablaba con sobrentendidos.

(...) Hasta el día en que, durante el recreo, dos chicos burundeses se pelearon más allá del gran prado, a resguardo de las miradas de profesores y vigilantes al calor del altercado, el resto de los alumnos burundeses se dividió rápidamente en dos grupos, cada cual en apoyo de uno de los dos chicos. «Sucios hutus», decían unos, «Sucios tutsis», replicaban los otros.

Aquella tarde, por primera vez en mi vida, entré en la realidad profunda del país. Descubrí el antagonismo entre hutus y tutsis, la infranqueable línea de demarcación que obligaba a cada cual a estar en un bando u otro. Uno cargaba con ese bando desde que nacía, igual que se recibe un nombre, y eso lo perseguía para siempre. Hutu o tutsi. Se era una cosa u otra. Cara o cruz. Como un ciego que recupera la vista, empecé entonces a comprender los gestos y las miradas, los sobrentendidos y las actitudes cuyo sentido siempre se me había escapado.

Sin que se le pida, la guerra se encarga siempre de procurarnos un enemigo. Yo, que quería permanecer neutral, no pude serlo. Había nacido con aquella historia. Me corría por dentro. Le pertenecía". (Ibid., página 133).

..............................

"Las primeras noticias llegaron a comienzos de junio. Pacifique de a casa de la abuela. Estaba vivo. No tenía noticias de nadie. Pero sabía que su ejército, el FPR, iba a apoderarse de Gitarama y creía que podría estar en casa de Jeanne esa misma semana. Esa información nos devolvió alguna esperanza. Mamá consiguió encontrar a algunos parientes lejanos y a unos pocos amigos. Sus relatos eran siempre terribles y su supervivencia tenía algo de milagroso.

El FPR ganaba terreno. Las fuerzas armadas ruandesas y el gobierno genocida estaban en desbanda-da, habían tenido que huir de la capital. El ejército francés había lanzado una vasta operación humanita-ria, denominada «Operación Turquesa», para detener el genocidio y proteger a una parte del país. Mamá decía que aquél era el último golpe bajo de Francia, que acudía en ayuda de sus aliados hutus.

En julio, el FPR llegó por fin a Kigali. Mamá, la abuela y Rosalie partieron de inmediato hacia Ruanda en busca de tía Eusébie y de sus hijos, de Jeanne, de Pacifique, de la familia y los amigos. Regresaban a su país después de treinta años de exilio. Habían soñado con ese regreso, sobre todo la anciana Rosalie. Querían acabar sus días en la tierra de sus ancestros. Pero la Ruanda de leche y miel había desaparecido. Ahora era una fosa común a cielo abierto." (Ibid., página 163).

..............................

"Prothé estaba sirviéndole a mamá puré de patatas y carne de buey, cuando Ana le hizo la pregunta que nos preocupaba a todos:

—¿Has encontrado a tía Eusébie y a los primos?

Ella negó con la cabeza. Estábamos pendientes de sus palabras. No dijo nada. Quise preguntarle lo mismo sobre Pacifique, pero papá me hizo una seña con la mano para que esperase un momento. Mamá masticaba la comida poco a poco, como una anciana enferma. Con gesto fatigado, cogía el vaso de agua y bebía a sorbitos. Amasaba las migas del pan, hacía con ellas bolitas que colocaba metódicamente delante de su plato. No nos miraba, estaba concentrada en la comida. Cuando eructó ruidosamente, todos la miramos, incluso Prothé, que había empezado a recoger la mesa.

Ella bebió un trago de agua, como si nada, después de tragarse un pedazo de pan. Aquella pinta, aquella actitud, no podía ser ella... Papá quería hablar con ella, pero no sabía cómo hacerlo sin apremiarla. Al final no fue necesario que hiciera nada. Mamá se puso a hablar por sí sola, con una voz tranquila y pausada, como cuando me contaba leyendas de pequeño para que me durmiera:

—Llegué a Kigali el 5 de julio. La ciudad acababa de ser liberada por el FPR. A lo largo del camino, una fila interminable de cadáveres yacía en el suelo. Se oían disparos esporádicos. Los militares del FPR mataban a las jaurías de perros que se alimentaban de carne humana desde hacía tres meses. Los supervivientes vagaban por las calles con la mirada perdida. Llegué ante el portón de tía Eusébie. Estaba abierto. Cuando entré en la parcela, quise dar media vuelta a causa del olor. De todas formas, me esforcé para continuar. Había tres niñas tiradas en el suelo del salón. Encontré el cuarto cuerpo, el de Christian, en el pasillo. Lo reconocí porque llevaba una camiseta del equipo de fútbol de Camerún. Busqué a tía Eusébie por todas partes.

Ni rastro. En el barrio nadie podía ayudarme. Estaba sola. Tuve que enterrar yo misma a los niños en el jardín. Me quedé una semana en la casa. Me decía que tía Eusébie acabaría por regresar. Como veía que no volvía, decidí partir en busca de Pacifique. Sabía que lo primero que haría sería ir a Gitarama al encuentro deJanne. Cuando llegué, la casa había sido asaltada Y no había rastro de Jeanne ni de su familia. Al día siguiente, un soldado del FPR me contó que Pacifique estaba en prisión. Me dirigí allí, pero no me dejaron verlo. Volví los tres días siguientes. La mañana del cuarto, uno de los guardias me llevó hasta un campo de fútbol, detrás de la prisión, al borde de un platanar.

Había soldados del FPR vigilando el lugar. Pacifique estaba tirado sobre la hierba. Acababa de ser fusilado.

El guardia me contó que al llegar a Gitarama, Pacifique había encontrado a su mujer y a toda su familia asesinados en el patio de la casa. Los vecinos tutsis que habían escapado de la masacre acusaban del crimen a un grupo de hutus que permanecía en la ciudad. Pacifique los encontró en la plaza central. Uno de ellos llevaba puesto el sombrero del padre de Jeanne. Una mujer del grupo, el vestido de flores que Pacifique le había regalado a su mujer para los esponsales. Mi hermano sintió que enloquecía. Vació el cargador de su arma contra aquellas cuatro personas. Inmediatamente fue llevado ante una corte marcial y condenado a muerte. Cuando encontré a la abuela y a Rosalie en Butare, les mentí. Les dije que cayó en combate, por su país, por nosotros, por nuestro regreso. Ellas no habrían aceptado la idea de que lo hubieran matado Los suyos. Una conocida que regresaba de Zaire nos dijo que le había parecido reconocer a tía Eusébie en un campamento, cerca de Bukavu. Así que emprendí camino y la busqué durante un mes. Caminé cada vez más lejos. Deambulé por los campamentos de refugia-dos. Estuve a punto de que me mataran decenas de veces, cuando adivinaban que era tutsi. Por no sé qué milagro, Jacques me reconoció al borde de la carretera; ya había perdido toda esperanza de encontrar a tía Eusébie". (Ibid., páginas 174, 175 y 176).

..............................

"Mamá vivía en casa desde su regreso. Dormía en nuestra habitación, sobre un colchón al pie de mi cama, y se pasaba el día en el porche, mirando al vacío. No quería ver a nadie y no tenía fuerzas para volver al trabajo.

Papá decía que necesitaba tiempo para recuperarse de todo lo que había pasado.

Por la mañana se levantaba tarde. Oíamos correr el agua durante horas en el cuarto de baño. A continuación se iba al sofá de la terraza y se quedaba allí sentada, inmóvil, mirando fijamente un avispero construido en el techo. Si alguien pasaba por allí, mamá le pedía una cerveza. Se negaba a comer con nosotros. Ana le preparaba un plato que le dejaba delante, sobre un taburete. Mamá no comía, picoteaba.

Cuando caía la noche, se quedaba sola en la terraza, en la oscuridad. Se acostaba tarde, cuando ya hacía rato que los demás dormíamos. Terminé por aceptar su estado, por dejar de buscar en ella a la madre que había tenido. El genocidio es una marea negra: quienes no se ahogan van cubiertos de petróleo durante toda la vida". (Ibid., página 184).

..............................

"Tumbada sobre las baldosas de la terraza, con rotuladores y lápices de colores a su alrededor, Ana dibujaba ciudades en llamas, soldados armados, machetes ensangrentados, banderas desgarradas. El olor a crepes llenaba el aire. Prothé cocinaba escuchando la radio a todo volumen. El perro dormía apaciblemente a mis pies. De vez en cuando se despertaba para mordisquearse la pata con frenesí. Las moscas verdes daban vueltas en torno a su hocico. Sentado en el lugar que a mamá le gustaba ocupar en la terraza, yo leía El niño y el río, un libro que me había prestado la señora Economopoulos. Oí que se soltaba la cadena de hierro del portón. Al levantarme, distinguí a cinco hombres que venían por el sendero. Uno de ellos llevaba un Kaláshnikov. Fue él quien nos pidió que saliéramos de la casa. Daba órdenes con la punta del cañón. Prothé levantó los brazos, Ana y yo lo imitamos. Los hombres ordenaron que nos pusiéramos de rodillas, con las manos encima de la cabeza.

—¿Dónde está el patrón? - preguntó el hombre del Kaláshnikov". (Ibid., página 193).

..............................

"Echado en mi cama, podía admirar el espectáculo de las balas que cruzaban el cielo. En otr0 tiempo, en otro lugar, habría pensado que veía estrellas fugaces.

El silencio me parecía mucho más angustioso que el sonido de los disparos. El silencio fomenta la violencia de arma blanca y las intrusiones nocturnas que uno no ve venir. El miedo se me había pegado a la médula espinal y no se movía de allí. A veces temblaba como un perrito mojado y aterido de frío. Me quedaba encerrado en casa. No me atrevía a aventurarme por el callejón. A veces atravesaba la calle, muy deprisa, para ir a pedirle prestado un nuevo libro a la señora Economopoulos. Luego regresaba de inmediato para lanzarme al búnker de mi imaginación. En mi cama, sumido en esas historias, buscaba otras realidades más soportables, y los libros, mis amigos, pintaban mis días de luz. Me decía que la guerra terminaría tarde o temprano, un día alzaría la mirada de las páginas, abandonaría mi cama y mi habitación y mamá habría vuelto, con su bonito vestido de flores y la cabeza apoyada en el hombro de papá, Ana dibujaría de nuevo casas de ladrillo rojo con chimeneas humeantes, árboles frutales en los jardines y grandes soles brillantes, y mis amigos vendrían a buscarme para descender por el río Muha como antes, sobre una balsa de troncos de banano, navegar hasta las aguas turquesa del lago y terminar la jornada en la playa, riendo y jugando como niños.

Pero iba a tener que esperar mucho, la realidad se obstinaba en poner trabas a mis sueños. El mundo y su violencia se acercaban cada día un poco más. Desde que mis amigos decidieron que no se podía permanecer neutral, nuestro callejón había dejado de ser el remanso de paz que yo había deseado. Y mis amigos y los otros terminaron por desalojarme incluso de mi cama-búnker". (Ibid., páginas 196 y 197).

Desde este último fragmento no quise citar ni una sola línea más pues el dolor agudo iba creciendo y mis ojos lloraban de angustia y de una tristeza solitaria que oprimía mi corazón.

Gabi regresa pues recibe una carta diciendo que la señora Economopoulos, la vecina que tantos libros le había dejado, había fallecido y para él era su legado, aquellas obras que le hicieron soñar y volar lejos siendo un niño. Tal vez ese fuera el motivo, tal vez fuera la llamada de su tierra, de su hogar, de su sangre. Se reencuentra con un amigo en la cantina de entonces, charlan sobre otros tiempos y él escucha un sonido familiar, se gira y la ve a ella, ve a su madre... Cuando su amigo le dice que cada noche acude al lugar y en la parte de atrás, bebe... Gabi se acerca y en la mirada de ella nota una expresión que le hace pensar que lo ha reconocido... Termina la novela solo con una pregunta al aire: "¿Eres tú, Christian?". Ella cree reconocer a su sobrino, al niño que vio muerto en aquel mar de sangre... Su mente se quedó atrapada en aquel instante, allí su vida de paró... Ya no hubo más que oscuridad.







Comentarios


bottom of page