Una biblioteca de verano


Autora: Mary Ann Clark Bremer
Traducción de Hugo Bachelli - Título original: Notebooks I. Summer Library
(86 pp.) – Editorial Periférica, 2012
Tan breve como extraordinario, tan sensible como conciso. Apenas un suspiro contiene tanto en menos de 100 páginas que se leen con la serenidad de quien narra lo vivido en calma.
Convaleciente aún del ataque que terminó con la vida de sus padres al final de la II Guerra Mundial y a ella la dejó gravemente herida y sin vista en un hospital, regresa a Francia a la casa de campo de su también fallecido y adorado tío Marcel. Herida física y emocionalmente, encuentra allí el consuelo y la calma. Conversaciones y paseos entre libros que la van sanando. Clásicos y también autores del siglo XX cobran vida en estas páginas llenas de lirismo: Daniel Defoe, Rimbaud, Paul Valéry, Conrad, Melville, Proust, Tolstói...
A través de breves narraciones, ella nos va contando cómo a petición del alcalde de D. va reuniendo libros que, sumados a los de la biblioteca de su tío, tratan de llenar de vida y mitigar el dolor y los recuerdos de la guerra. Sobrecoge pensar que muchos de ellos han servido para calentar a los soldados y otros... poco a poco desaparecieron sin rastro ya.
La Literatura la acompaña como la mejor de las medicinas y es ella la que, por una nota en un libro de quien fue la mujer amada de su tío, encontrará al gran amor de su vida en su hijo que un día la visita.

"-Alguien tendrá que hacerse cargo. Y quién mejor que usted, señorita... Ama usted los libros tanto como su tío, que en paz descanse, y... todos agradecerán, todos le agradeceremos, su tarea... En esta nueva época debemos olvidar y reconstruir Francia para que la prosperidad llegue a nuestras... El general De Gaulle ha dicho, en su discurso del día 8, que nuestros corazones necesitan el estímulo de la tradición para encontrar de nuevo el camino hacia la Francia de nuestros padres y también para...
El nuevo alcalde — el anterior, afecto a Vichy, había sido destituido, juzgado y condenado a varios años de cárcel - había colaborado con la Resistencia - no tanto como él mismo decía, según se supo más tarde— y parecía un saco de cojeras, tics y tartamudeos. A pesar de ser algo así como un héroe local no me caía bien: se daba a sí mismo demasiada importancia. Y se expresaba siempre de un modo pomposo y ridículo. Era un experto en discursos — más bien mítines — de un patriotismo algo zafio.
Quizá yo no soportaba que juzgara a todos los alemanes por igual -«La sangre de los nibelungos corre por tus venas», bromeaba, cuando era niña, mi tío mientras me tiraba de las coletas rubias —, y que pidiera la pena de muerte para cada soldado apresado en Francia.
El Alcalde — hasta he olvidado su apellido - no se daba cuenta, además, de que yo era norteamericana, que no estaba obligada por su «patriotismo» dominical de cartón piedra.
Engolaba la voz al cantar La Marsellesa". (Una biblioteca de verano, páginas 16 y 17).
...
"Decidí que sería la bibliotecaria de D. durante aquel verano, serían sólo unas semanas. Cuando llegara septiembre, tomaría un tren con destino a París y allí decidiría si volver a Estados Unidos - donde, en realidad, nadie me esperaba — o instalarme en Inglaterra, cerca de los primos de mi madre.
A mi tío le habría gustado aquella decisión". (Ibid., página 19).
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"El verano en D. parecía una primavera tardía. Las temperaturas eran suaves, el campo seguía florecido y verde y las hierbas que nacían y morían en un mes, renacían al siguiente y alcanzaban pronto su esplendor. No sé si invento los macizos de flores muy rojas, las camelias de hojas esmaltadas, el perfume de la jacaranda: el aroma de su madera.
D. me parecía un verdadero jardín botánico. Y recordaba cómo agradecía mi tío Marcel la presencia allí, en el pasado, de algunos excelentes jardineros uruguayos contratados por la Orden de la Flor Dorada. Jardineros que conocían tan bien las plantes de su continente como los más hermosos diseños de jardines de Inglaterra o Italia.
Los Uruguayos, como eran recordados en D., habían estudiado durante un año cada partícula de terreno, cada movimiento de los árboles a causa del viento, cada golpe de calor, cada brizna de hierba..." (Ibid., página 21).
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Poco a poco vamos percibiendo su curación a través de los libros. Su estancia en la casa de campo que acertadamente se llama LA BIENHEREUSE la reconcilian con la vida.
"No había sido yo, claro, quien había tomado aquella decisión. La guerra me había traído hasta D.
Y, también, la memoria de mi tío Marcel.
Al principio me había negado a aquel viaje, finalmente había preferido el recuerdo doloroso en La Bienhereuse a un intento de olvido lejos de allí.
No iba a poder olvidar: ni lejos, ni cerca. Mejor ponerlo todo en «orden», mejor vivir mi duelo en el lugar donde siempre había sido feliz". (Ibid., página 36).
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"Algún día yo podría volver a disfrutar de aquella plenitud, del estremecimiento que produce la belleza. Ahora sentía mi corazón, también de papel rígido, cuarteado por las muertes de mis padres y de mi tío. Sólo un nuevo amor podría sanarlo. O quizá el dolor se aletargara en las colinas de D.
Por eso había vuelto yo a aquel paisaje". (Ibid., página 43).
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Cuando llegué a las páginas en as que habla de su encuentro con dos escritores, sentí una conexión especial con ella. Katherine Mansfield fue la primera.
"La segunda «clienta» de la nueva biblioteca fui yo misma. Hacía tiempo que sentía deseos de leer alguna obra de la neozelandesa Katherine Mansfield.
Cada vez que me había acercado a ella, alguna palabra, una frase cualquiera, me había empujado muy lejos: quizá me hablaba demasiado cercanamente.
Esto lo supe luego. Sus personajes se parecían, de algún modo, a mí misma. Y quizá no amaba yo aquello de mí en lo que ellos se me asemejaban.
En aquel volumen en inglés había un relato titulado «La dicha». Aquellas pocas letras parecían promisorias.
«Las ventanas del salón daban a un balcón que dominaba el jardín. Al fondo, contra el muro, había un alto y esbelto peral henchido de flores, que se erguía sereno, perfectamente inmóvil, recortado en el cielo verde jade. Bertha no podía dejar de sentir, a pesar de la distancia, que aquel peral no tenía ni un solo brote ni pétalo marchito. Más abajo, en los arriates del jardín, los tulipanes rojos y amarillos, en plena floración, parecían recostarse contra la penumbra. Un gato gris, arrastrando el vientre, se deslizaba a través del césped, y otro negro - como su sombra — le seguía. Al verlos, tan concentrados y rápidos, Bertha sintió un extraño estremecimiento.»* Leí estas palabras al azar, en una página cualquiera, y sentí aquel mismo estremecimiento de Bertha.
Un pañuelo de nubes cubrió D. — y sólo D., pues más allá de las colinas refulgía el sol-. «Otra vez no», me dije. No quería dejarme llevar por las sombras, por el recuerdo de la muerte. Traté de pensar en algo alegre. Traté de recordar cuánto me había reconfortado cada conversación de aquel mes en que había ejercido como bibliotecaria — ¡un mes ya! -.
Hasta aquellos que un día me habían parecido zafios e ignorantes — o tan pomposos como el Alcalde —, se habían vuelto ejemplares enfermeros en mi autoimpuesta terapia.
«Busquemos la dicha», me dije. «Busquémosla donde sea.»
Aquel propósito, aunque «expresado» de otra forma, había sido mi lema durante las últimas semanas. Y me había hecho un bien antes inimaginable. El refugio no lo habían alzado en la intemperie sólo los libros, sino también todos aquellos hombres y mujeres — más mujeres que hombres — de D.
Parecía escuchar ahora a mi tío; ¿no eran palabras suyas aquéllas? «El poder curativo de la conversa-ción... No seas rencorosa durante mucho tiempo...
No te hieras pensando en tus debilidades ni en tus faltas: eres imperfecta, y si te das cuenta de ello serás menos infeliz...» Mi tío había tratado de educarme. Era mi consuelo cuando mis padres estaban en alguna fiesta o lejos, de viaje. Era mi consuelo en los días de los amores casi infantiles: del despecho, de la ira. Era mi consuelo y mi aplauso.
Pero también mi crítico. Nunca me trató como a una niña mimada. «Cuida tu carácter, aliméntalo con lo mejor de la vida, con lo que nos hace felices. Y sé fuerte pero no inflexible», repetía.
Pero aquel nuevo ánimo no era suficiente". (Ibid., páginas 51, 52 y 53)
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Su otro descrubiemiento por Willian Hazlitt.
"Estaba ya bien entrado julio cuando conocí a William Hazlitt.
Me enamoré al momento de su inteligencia, de su sentido del humor, de su perspicacia y finura.
Después de mi tío, era el primer hombre que me infundía un respeto total — por supuesto que respetaba a muchísimas mujeres...-.
Era el remedio - aunque pasajero - contra mi angustia, contra aquel dolor sin nombre. La Bienhe-reuse, como Hazlitt, sólo lo calmaba. E incluso en ocasiones se volvía una cárcel de belleza que tan sólo, tras las tapias, dejaba fuera un poco de realidad; pero dentro -dentro de mí y dentro de la casa— no podía evitar que se pudrieran, poco a poco, las lágrimas que no podían manar.
Quería estar a todas horas con él, dedicarle mi tiempo. Casi me convertí en una adoradora del culto Hazlitt.
Le hablé de él a Suzanne. Con entusiasmo. Ella sonreía mientras yo barboteaba mis palabras.
Sólo había un problema: William Hazlitt había muerto en 1830". (Ibid., páginas 60 y 61).
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Hasta que un día, un joven llamó a su puerta. Venía de lejos queriendo conocer la historia de amor vivida por su madre...
"No es extraño que me enamorara de Saul. Me hablaba como debía de haberle hablado su madre a mi tío.
Te miraba fijamente, te tomaba de un brazo, son-reía. A continuación hablaba y hablaba, señalaba los objetos más cercanos, luego lo que había más allá de las ventanas: colinas, prados, bosquecillos, las montañas tan lejanas.
En su conversación reunía el mundo todo. El universo se plegaba y se convertía en algo parecido a un hogar. El hogar que yo tanto anhelaba.
Los pájaros no eran pájaros: conocía los nombres propios de las cosas, y sabía nombrar en inglés, alemán, polaco y yiddish. Balbuceaba en ruso y en francés. Reía en todas aquellas lenguas.
De repente, la angustia desapareció.
Su madre se llamaba en realidad Maryla". (Ibid., página 72 y 73).
...
"Hicimos un largo viaje hasta el mar.
Dejamos el interior y seguimos durante algún tiempo el curso de un río, luego el de otro. Cambiamos de rumbo.
El viaje duró una semana.
Allí mismo, ante aquel Frío Mar Francés, como lo bautizó Saul, y entre risas, declaramos que las aguas que bañaban todos los continentes serían nuestras aliadas a partir de entonces. No nos detendríamos jamás. El agua nos llevaría lejos, conoceríamos medio mundo. Seríamos felices...
Recuerdo - y conservo las fotografías, que recuerdan por mí cuando olvido — días de paseo y de lectura en Saint-Malo. Los más bellos días de mi vida.
Sonreía a todo y a todos. Sonrío en las fotografías, sonreía en las postales que escribí a Suzanne y a Tourne.
Saul y yo nos separamos en París: él debía incorporarse aún durante algunas semanas a su destacamento, hasta convertirse en civil, y yo volvería a La Bienhereuse.
La despedida, al contrario de lo que pudiera pensarse, no fue triste. «Será la primera y la última», nos dijimos.
Con aquella promesa volví a D. y a la improvisada biblioteca de La Bienhereuse". (Ibid., páginas 76 y 77).
...
Mas toda la felicidad se escapó como arena entre los dedos y con este final desgarrador, cerré el libro deseando volver a encontrarme con ella, volver a su vida, sentir su forma de contar emociones, recuerdos e ilusiones. ¿Será quizá el pueblo de Domfront en la lejana Normandía donde ella estuvo?
"No recuerdo con certeza, sin embargo, qué nos llevó finalmente al país que nació bajo el nombre de Israel.
En realidad, trato de olvidarlo cada día.
De olvidar aquella carta de Maryla que condujo a su hijo a la muerte.
Lo necesitaban. Ella e Israel. Eso escribió. Creo que fue entonces cuando comprendí por qué era La Innombrable, por qué mi tío Marcel nunca me habló de ella.
Era brillante, inteligentísima, muy hermosa. Su voz seducía a hombres, mujeres y animales: traía calma en los momentos de pesar. Sabía hacer que te sintieras bien con dos frases; sabía hacer que te sintieras mal con una sola frase.
Era tan inteligente como egoísta.
Su idea de patria alimentó finalmente las ilusiones de su hijo, que, de algún modo, siempre había sentido el deseo de recuperar a la madre que no había tenido. Nunca la encontró culpable, y ella dejó que sucediera así: prefirió que fuera él quien se sintiera culpable. De este modo Saul estaría siempre en deuda.
Yo trataba de adivinar cómo era Maryla en verdad. La diseccionaba con los ojos cerrados como en una de aquellas láminas de La Bienhereuse. Y sólo aquello -abrirla en canal, hurgar entre sus negras vísceras — me consolaba de la desgracia que intuía cercana. Como había dicho Hazlitt, «el anatomista se recrea en una lámina coloreada que reproduce exactamente el progreso de determinadas enfermedades».
Aquel consuelo no duró.
Saul murió luchando cerca del Canal de Suez en 1956. Habíamos tenido diez años de felicidad". (Ibid., páginas 85 y 86).




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