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Ethan Frome


Autora: Edith Wharton

Traducción Ángela Pérez

(165 pp) – Ed. Alba Clásica, 2014

Título original: Ethan Frome (Publicada por primera vez en 1911. Sobre ella se basa la presente edición, que incluye el prólogo de la autora de 1922)


Hace apenas un mes que descubrí a su autora y supe desde ese instante, tras acabar la lectura de La solterona (https://www.bajoinfinitasestrellas.com/post/la-solterona) , que sería para mí un referente por su forma de narrar, por sus exquisitas ambientaciones y por el perfecto y cuidadoso perfilado de sus personajes.

Y así ha sido también en esta ocasión. Quizá coincidencia, quizá mero azar... pero ya hacía tiempo que no leía un libro en el que su protagonista principal fuese un hombre y me ha gustado la sensación de descubrir a Ethan, de encontrarme con un personaje bueno, de principios, responsable y consecuente.

"Me contaron esta historia varias personas, poco a poco, y, como suele suceder en tales casos, cada vez era una historia distinta.

Si conoce usted Starkfield (Massachusetts), sabrá dónde queda la oficina de correos. Si conoce la oficina de correos, habrá visto a Ethan Frome llegar, soltar las riendas de su bayo de lomo hundido y cruzar cansinamente la acera de ladrillo hasta la columnata blanca: y seguro que se ha preguntado quién era.

Fue precisamente allí donde lo vi yo por primera vez hace varios años, y la verdad es que impresionó mucho su aspecto. Todavía era el personaje más sorprendente de Starkfield, aunque ya sólo era una ruina de hombre. No destacaba por su elevada estatura, pues los "nativos" se diferenciaban claramente por ser larguiruchos de los de origen extranjero, más rechonchos, sino por el aire vigoroso e indiferente, pese a una cojera que le frenaba los pasos como el tirón de una cadena. Había algo lúgubre e inaccesible en su rostro y estaba tan rígido y canoso que lo tomé por un anciano y me sorprendí mucho al enterarme de que sólo tenía 52 años." (Vid. pp. 17 y 18).

Con estas líneas y tras el prólogo, ya estamos situados, nos hacemos una idea del lugar, de Starkfield y también visualizamos a Ethan.

Un ingeniero joven vive un tiempo allí, se aloja en la casa de una mujer madura, a quien todos conocían como Ned Hale. "El padre de la señora Hale había sido el procurador del pueblo en la generación anterior y, "la casa del procurador Varnum", donde aún vivía mi casera con su madre, era la mansión más notable del lugar. Se alzaba a un extremo de la calle mayor, y su pórtico clásico y sus ventanas de paños pequeños daban a un camino enlosado que conducía, entre abetos rojos, a la fina torre blanca de la iglesia congregacionalista. La decadencia de los Varnum era evidente, aunque las dos mujeres hacían cuanto podían para conservar una decorosa dignidad..." (Vid. pp. 22 y 23). Aunque la señora Hale hablaba distendidamente sobre anécdotas varias, se mostró especialmente reservada ante el tema de Ethan Frome.


Tras el prólogo, empieza el capítulo primero con una bella descripción. "Cubría el pueblo una capa de nieve de tres palmos, con ventisqueros en los rincones propicios. Las puntas de la Osa colgaban como carámbanos en el cielo plomizo y Orión emitía sus fríos destellos parpadeantes. Ya se había puesto la luna, pero la noche era tan luminosa que las fachadas blancas de las casas parecían grises entre los olmos, por la nieve, en la que las masas de arbustos y matorrales pintaban manchas negras, en tanto que las ventanas del sótano de la iglesia proyectaban rayos de luz amarillenta por las ondulaciones intermitentes.

El joven Ethan Frome caminaba a buen ritmo por la calle desierta." (Vid. pág. 37).

Ethan había tenido que renunciar a sus planes de estudio de ingeniería tras la muerte de su padre y las desgracias que con ella llegaron, fueron transformando su vida haciéndola cada vez más precaria. Su madre había dejado de hablar al tiempo que se consumía lentamente. "Sólo volvieron a oírse voces humanas en la casa cuando se acercaba ya a su última enfermedad y su prima Zenobia Pierce acudió del valle contiguo para ayudarle a cuidarla. La locuacidad de Zeena era música para los oídos de Ethan después del mortal silencio del largo encierro." (Vid. pág.73). Cuando su madre falleció, él no quiso dejarla ir. La idea de verse solo pudo más y le pidió que se casasen. Poco tiempo después... ella (Zeena) comenzó a debilitarse, sus implicaciones respiratorias y los fuertes dolores la hacían estar casi todo el día postrada en la cama. La tristeza que ya había llegado tiempo atrás, se iba adueñando más y más del hogar y del corazón de Ethan que tan sólo tenía 28 años y había envejecido unos cuantos más.

Un soplo de brisa fresca entró en aquella casa cuando la joven prima de Zeena, Mattie, llegó para ayudar en las tareas. Alegre y despreocupada, expresiva y hermosa. Entre él y ella todo era felicidad, todo estaba siempre bien. " El hecho de que la admiración de Mattie por sus conocimientos se mezclase con el asombro por lo que le enseñaba no era en modo alguno lo que menos le complacía. Y había otras sensaciones no tan definibles pero más sutiles, que los unían con un estremecimiento de júbilo silencioso: el rojo frío del crepúsculo tras las montañas invernales, el vuelo de bandadas nubosas sobre laderas de rastrojo dorado, las sombras de azul oscuro sobre los abetos en la nieve iluminada por el sol." (Vid. pág. 44).

Zeena no había dado nunca muestras de celos sobre su prima, pero es cierto que cada día protestaba más por las tareas haciendo ver que la joven no poseía buena mano para las mismas. Un día, sin previo aviso, como ya lo había hecho en otras ocasiones, tomó la decisión de ir a Bettsbridge a la consulta de un nuevo médico. Cuando regresó, le dijo a Ethan que el doctor le había recomendado reposo absoluto, no debía hacer nada y por ello, había decidido contratar a una nueva sirvienta que llegaría en breve. Esto implicaba que Mattie debía marcharse pues no podían permitirse la manutención de ambas. Aquello partió el corazón de Ethan y fue él mismo quien se lo dijo a la joven. Todo se precipitaba para ambos, aquel ligero atisbo de felicidad del que fueron partícipes ambos cuando ella cosía en el salón y él descansaba junto al fuego, esos instantes de efímera dicha durante la noche que Zeena pasó fuera... se escurrían entre sus dedos como la arena, como el agua.

Llegó el momento de la despedida y fue Ethan quien la llevó en el trineo. Felices los dos sobre la blanca nieve, él dejó ver su destreza cuando saltó y esquivó el gran olmo. Estaba seguro de que podría hacerlo y ambos sonrieron. Entonces, ella... "(...) le apretó súbitamente la mejilla húmeda en la cara.

-¡Ethan! ¡Ethan! ¡Quiero que me lleves otra vez!

- ¿Adónde?

- Por la cuesta. Ahora -dijo jadeando-. Pero para no volver a subir.

- ¡Matt! Pero ¿qué quieres decir?

Ella le dijo al oído:

- Contra el gran olmo. Dijiste que podías hacerlo. Así no tendremos que separarnos nunca.

- Pero ¿qué dices, Matt? ¡Estás loca!

- No, no estoy loca; pero lo estaré si me separo de ti.

- ¡Ay, Matt, Matt! -gimió él.

Ella le abrazó con más fuerza, con la cara pegada a la suya." (Vid. pág. 154).

Y Ethan lo hizo. Pero... ambos consiguieron sobrevivir al accidente, mas las secuelas fueron tremendas. Mattie ya nunca fue la misma. Zeena la llevó de nuevo a casa y allí seguían los tres, con la tristeza como compañera. Los días de sol, sacaban a Mattie al jardín, a veces discutían las dos y él sufría, como siempre... con un dolor callado.


Termina así el libro, con el sufrimiento de un amor que no pudo ser, que quizá estaba ya condenado nada más nacer. Con el silencio y el desgarro.

La señora Hale cierra la novela con un párrafo cuyas ultimas líneas encogen el alma y son todo lo que ahora les queda a los tres: a Ethan, a Zeena y a Matt.

"-Un día , más o menos una semana después del accidente, todos creyeron que Mattie no sobreviviría. Bueno, yo creo que es una lástima que lo hiciera. Una vez se lo dije claramente a nuestro sacerdote y se escandalizó. Pero él no estaba conmigo la mañana que Mattie volvió en sí... Y creo que si ella se hubiera muerto, Ethan podría haber vivido; y, tal como están ahora, no veo que haya mucha diferencia entre los Frome de la granja y los Frome del cementerio; salvo que los que están enterrados están en paz y las mujeres han de tener la lengua quieta." (Vid. pág. 165).


Maravillosa, delicada, triste y con un final que jamás esperé. La recomiendo y con esta profunda admiración seguiré profundizando en la obra de la maravillosa Edith Warton.





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